CÉLEBRES CANTANTES LÍRICOS CHILENOS

Charla en el Círculo Lírico de Viña del Mar.
por Miguel Eduardo Planas Cifuentes

Alborada de la Ópera en el Chile de mediados del Siglo XIX

   El bello puerto de Valparaíso era la entrada obligada de los espectáculos internacionales que llegaban a Santiago y otras ciudades al promediar el Siglo XIX. El naciente pueblo chileno, treinta y tantos años después del logro de la independencia, estaba ávido de fiestas, de danzas, de espectáculos teatrales y de música, especialmente, de arias de ópera y conciertos. Recordemos que existía en el nuevo Chile una clase alta y media nacida de las profundas transformaciones sociales propias de la naciente república. La aristocracia era, predominantemente, de origen europeo y las actividades sociales exigían tener presentaciones artísticas de alto nivel, entre las que la ópera y la zarzuela eran temas obligados de conversación. En Valparaíso, punto de contacto con la actividad artística que buscaba presentarse en la capital, lograron un lugar preeminente las estudiantinas, las obras de teatro y las presentaciones musicales en recepciones, fiestas y tertulias. Las grandes familias acomodadas competían con mostrar en sus salones familiares lo mejor de lo que llegaba desde el Viejo Mundo. Asimismo, en los espacios públicos, había un lugar de honor para las danzas y para las representaciones de instrumentistas y, en especial, de cantantes y compañías de teatro. Fue inevitable que la ópera, como conjunción de lo mejor del arte del espectáculo, buscara y encontrara en el puerto su lugar dentro de la sociedad. En su libro “La Ópera en Chile”, el estudioso y versado escritor Mario Cánepa da fe de que Valparaíso era la ciudad en que había el mayor número de aficionados al bel-canto. Y en el puerto, precisamente, tuvo lugar un suceso histórico: la llegada a Chile de la primera compañía de ópera venida al país con instrumentistas, coristas, solistas, escenografías, utilería y todo lo necesario para poner en escena el más completo de los espectáculos artísticos: una representación completa de ópera, tal como era posible verla en Italia, Francia, Alemania, Rusia y otros países europeos. En el año 1843 arribó al puerto, de paso a la ciudad de Lima, la compañía de ópera de Teresa Scheroni y Domingo Pezzoni. Las autoridades chilenas se pusieron de inmediato en contacto para organizar presentaciones de esta compañía, seguros de que contarían con un masivo apoyo de todas las familias adineradas del puerto y, también, de Santiago, y de cientos de empleados del estado, dependientes de comercio y otros que amaban el canto. Y no se equivocaron. Valparaíso fue testigo de la primera presentación de una ópera completa. Si bien no fue posible contar con un teatro adecuado a un espectáculo tan demandante como es una función lírica, emergen en la historia don José y don Manuel Cifuentes, dueños de una mansión enorme situada en la calle San Juan de Dios Nº 8, actual calle Condell. El salón de tertulias de la casona tenía nada menos que unos 40 metros de largo por 20 de ancho, es decir, 800 metros cuadrados y dependencias suficientes como para poner en escena una función de ópera. La obra elegida fue El engaño feliz, del compositor de moda en esos años Gioacchino Rossini. Pocos años después la ciudad tenía conservatorios de música, almacenes de instrumentos musicales, varias casas editoriales y de música debido a la extraordinaria actividad y difusión del arte lírico. El mismo año 1843 en que se representó esa primera obra de Rossini fue firmado un contrato entre la Municipalidad de Valparaíso y los empresarios Pablo del Río y Pedro Alessandri para construir el Teatro Victoria. Muy pronto le siguieron el Teatro Odeón y el Teatro Circo Nacional. Pero ésa ya es otra historia, de la que nos ocuparemos más adelante en alguna charla en que podamos relatarles la construcción de los primeros teatros de Valparaíso y Viña del Mar. Transcurrieron 14 años para que Santiago tuviera su Teatro Municipal, el que fue inaugurado el 17 de septiembre de 1857, con la ópera Ernani de Giuseppe Verdi. El bellísimo edificio neo-clásico fue creación del arquitecto Francisco Brunet y el ingeniero Augusto Charme. En los siguientes años, la siempre creciente actividad lírica, la creación de conservatorios y empresas relacionadas con la música y el canto, inevitablemente, tuvieron como fruto el nacimiento de cantantes líricos chilenos que llegaron a ser celebridades a nivel mundial, a quienes está dedicada esta charla. A principios del Siglo XX ya cantaba el primer divo chileno de todos los tiempos: el tenor Pedro Navia. Le seguirían un sinnúmero de cantantes que llegarían a alcanzar la fama, presentándose con singular éxito en Italia, Egipto, Estados Unidos, Argentina, Alemania, México y en todo centro musical de relevancia. Son muchos cantantes, a todo lo extenso del Siglo XX, algunos de los cuales tendrán su espacio en esta charla. Disponemos de un tiempo muy limitado y, créanme, que ha sido muy difícil hacer una elección que incluirá solamente nueve nombres: Pedro Navia, Sofía del Campo, Renato Zanelli, Carlo Morelli, Rayén Quitral, Ramón Vinay, Marta Rose, Verónica Villarroel y Cristina Gallardo-Domas. Estas celebridades serán NUESTROS NUEVE CANTANTES LÍRICOS DE LA FAMA, si bien nuestro homenaje está dedicado a todos los cantantes líricos chilenos.

PEDRO NAVIA

   No me cabe la menor duda de que el tenor Pedro Navia, artísticamente, Pietro Navia, fue un extraordinario cantante chileno, pese a que no contemos con ninguna grabación de su voz, lo que constituye un caso singular, por supuesto, dado que vivió hasta 1952, aproximadamente. ¿Cómo fue posible que no grabara discos? Sabemos de la existencia de tres cilindros grabados alrededor de 1910. Posiblemente, arias de La Boheme, Tosca y Manón Lescaut. No pude conseguir registro de alguna de ellas. Nacido en Santiago, en 1884, formó parte del coro de la Catedral de Santiago hasta el año 1900. Estudió música y canto en el Conservatorio Nacional de Música. Su debut tuvo lugar en Concepción, en 1906, como Rodolfo en La Boheme. Rápidamente fue requerido para diversos roles tanto en Chile como en Brasil y Argentina. En 1912 debutó en Italia, cantando Fausto en la ciudad de Bari con un éxito tan grande que, al año siguiente, debuta en La Scala en la ópera Le Donne Curiose, de Ermanno Wolf-Ferrari. Le siguieron Lohengrin y Cavallería Rusticana. Regresó a América y cantó en el Teatro Colón de Buenos Aires, en 1916, Rigoletto y Boris Godunov, junto a Tita Ruffo. Llegó a dominar 30 títulos que presentó en los más grandes teatros, aunque su fama se debió a La Boheme, Tosca y Manón Lescaut, obras veristas en que no tuvo rival en aquellos años. Siendo muy joven, se produjo un misterioso retiro de Pietro Navia. No está claro si perdió la voz, lo que es posible. Se tienen noticias de él solamente en 1950, donde está radicado en Bogotá, Colombia, ciudad en que fundó una academia de canto. La fecha de su muerte no ha sido establecida. ¿1952? No lo sabemos, aunque sí estamos ciertos de que fue el primer tenor cantante de reconocida fama mundial que, infortunadamente, no grabó discos.

SOFÍA DEL CAMPO

   La segunda figura de los Nueve de la Fama se llamó civilmente Sofía del Campo de la Fuente, una de las voces de soprano ligero más hermosas que hayamos escuchado. Cantó siempre con su nombre, Sofía del Campo, contraviniendo el deseo de sus padres que no aceptaba que hubiera una cantante en el seno de una de las familias más connotadas de la sociedad chilena de fines del siglo XIX. Nació en Santiago, en 1884, hija de don Moisés del Campo y Hermida, y nieta de Ramona de Hermida, Marquesa de Peña Blanca, descendiente de Guzmán el Bueno. Su madre, una de las bellezas de ese tiempo y pianista virtuosa, doña Sofía de la Fuente y Bravo, era también poseedora de una bella voz de soprano de coloratura. Su hija tenía un carácter indomable y ya a los nueve años de edad se presentó en público por primera vez. Una niña prodigio auténtica que ingresó al Conservatorio Nacional de Música aumentándose la edad. En realidad, tenía solamente 14 años. La esposa del Director del Conservatorio la hizo su alumna predilecta. La primera vez que se presentó en concierto fue en el Salón de la Sociedad Filarmónica de Valparaíso, en julio de 1899. Tenía 15 años, es decir, una niña. Tal como lo expresó una crítica del diario La Unión su voz era poderosa, genuina, tanto en el registro alto como en el grave y cantaba con gran sentimiento. Su timbre argentino llenó la sala con notas vibrantes de su garganta privilegiada. Fue aclamada y los prolongados aplausos señalaron inequívocamente que había nacido la primera DIVA CHILENA. Una beca de la Presidencia de la República le permitió ir a Europa a perfeccionar sus estudios de canto, ante el escándalo de su familia, que rehusó la oferta y que llevó de regreso a la pequeña Sofía a Valparaíso. Siguió cantando, por supuesto. En 1903 se casó con Alberto Byers Salm y tuvo cuatro hijos. Cinco años más tarde, su marido falleció de tifus, quedando viuda a los 19 años. Siguió cantando en conciertos y en representaciones benéficas. En 1911 se casó nuevamente, con Héctor Aldunate, con quien tuvo dos hijos: Luis y María Esher Aldunate del Campo, quien sería conocida años más tarde como Rosita Serrano, una excepcional artista de music hall, cine y variedades, que hizo historia en el Berlín de los años treinta. Pasarían largos años en que Sofía cantó en diversas funciones en su país o, simplemente, se dedicó al cuidado de sus seis hijos. En el año 1918 llegó al Teatro Victoria de Valparaíso la Compañía de Ópera de Adolfo Bracala, con su máxima diva la catalanísima María Barrientos, quien cantó nada menos que ocho funciones: Lucía, Il barbiere di Siviglia, Rigoletto, Traviata, Sonnambula y Gli Ugonotti, con un éxito increíble. Se le pidió que cantara algunas funciones adicionales, pero la Barrientos prefirió volver a España. Y allí estaba la maravillosa soprano de coloratura, la diva chilena Sofía del Campo, que a la sazón tenía recién 33 años. Y retomó su carrera, en un Rigoletto histórico en que cantó junto al tenor José Palet, el barítono Augusto Ordóñez y el bajo Virgilio Lazzari. Vino después Lucía di Lammermoor, y luego una función memorable en que Sofía no solamente cantó maravillosamente Gilda, sino que agregó a la función el primer acto de La Traviata. En fin, lo cantó todo y más que bien… hizo palidecer el recuerdo de la Barrientos en el rol de Margarita en Gli Ugonotti. Increíble pero cierto… Sofía del Campo fue anunciada en el programa como sigue: Antes del cuarto acto, Sofía del Campo cantará el Rondó de Lucía di Lammermoor y las Variaciones de Proch. No hay precedente alguno parecido. Años después, en 1924, hay otro hecho histórico: Un Rigoletto en el Teatro Victoria de Valparaíso, don Roberto D’Alessio, Carlo Morelli y Gaudio Mansueto, irrepetible demostración de un arte que no ha sido igualado hasta la fecha.

   Es imposible, en este punto, incluir un sumario de lo que fue la carrera de esta mujer excepcional, que lo hizo todo en la ópera y más.

   En cada uno de sus conciertos ella acostumbraba incluir música de algún autor chileno. Y el encore obligado era la bellísima canción de Osmán Pérez Freire La Tranquera. Nunca ha sido superada esta interpretación que deja una huella imborrable en la historia de la música y el canto de nuestro amado país.

   Hubiera querido seguir con esta increíble historia, pero la charla debe continuar. Las últimas referencias que existen sobre esta incomparable cantante chilena datan de 1931, que hablan de tres recitales en el Teatro Municipal de Río de Janeiro, y luego presentaciones en los Balcanes, Holanda, Francia, Londres, Roma, Estocolmo, Bonn y Berlín. En esta ciudad se estableció para dedicarse a la enseñanza del canto y permaneció junto a su hija Rosita Serrano durante la Segunda Guerra Mundial. En enero de 1942 grabó sus últimos discos, a dúo con su hija. La voz de Sofía del Campo se apagó para siempre en 1964, a los 79 años de edad.

RENATO ZANELLI

   Nuestro tercer integrante de los Nueve de la Fama se llamó civilmente Renato Zanelli Morales, un cantante lírico que pasó a la historia tanto como excelso barítono y como poseedor de la voz de tenor dramático más hermosa que haya existido, según muchos críticos de arte. Renato Zanelli es un caso excepcional. Y nació aquí cerca, en Valparaíso, el 1º de abril de 1892. Debutó a los 24 años como el Conde de Luna, en el Trovador, en el Municipal de Santiago. Tres años después viajó a los Estados Unidos, cantando siempre con éxito creciente y absoluto. En 1924 se radicó en Italia y, siempre como barítono, triunfó en los más famosos teatros, siendo sus óperas más destacadas Aída, Traviata, Tosca, Lohengrin y otras. Actúa en Italia, Egipto, Mónaco, Argentina, Francia y otros. Un barítono de voz lírica, de bellísimos armónicos, un timbre de terciopelo. Y ocurre lo impensado: el barítono que había alcanzado fama mundial tiene 36 años de edad y toma la decisión inesperada de cantar Otello, no como Yago sino como el Moro de Venecia. El triunfo es superlativo. Sus representaciones como Otello, primero en Londres, en 1928 y luego, ese mismo año, en Chile, nuestro amado país, en el estreno de Tristán e Isolda, hicieron época. Como tenor Renato Zanelli era aún mejor que como barítono. En 1930, a los 38 años de edad, debuta como Otello en La Scala de Milán, ante el asombro de uno de los públicos más difíciles y exigentes que se conocen. Un suceso memorable en que se presentó siempre como chileno, en todos los teatros importantes de la época. Su repertorio incluyó 11 óperas como barítono y 22 como tenor, siendo sus mayores triunfos las magistrales representaciones de Otello, Fausto y Tristán e Isolda. Sin embargo, su vida fue demasiado breve. Falleció en Santiago, el 25 de marzo de 1935, a los 42 años de edad, víctima de un cáncer. Quedó incorporado a la historia del arte lírico por su retrato de Otello, notable por la intensidad dramática de su enfoque, por la riqueza de su distintivo timbre y por la belleza no superada de sus interpretaciones tanto como barítono y como tenor.

CARLO MORELLI

   El tercero de nuestros cantantes nació en Génova, Italia, el 25 de diciembre de 1897, siendo bautizado con el nombre de Carlos Zanelli Morales. Era hermano menor de Renato Zanelli y se trasladó a Chile con su familia. Su carrera lírica fue realizada en Europa y Estados Unidos, por lo que visitó por primera vez nuestro país siendo ya un triunfador en los más grandes escenarios líricos, en el año 1938, cuando interpretó un memorable Rigoletto. Su carrera continuó de triunfo en triunfo en México, país que fue su segunda patria y en que vivió durante treinta años. Fue un intérprete realmente excepcional, un verdadero barítono dramático que se prodigaba en los más diversos roles, fundamentalmente, como Scarpia en Tosca, como Gerard, en Andrea Chenier, como Barnaba, en La Gioconda y como Yago, en Otello. Era, además, un actor consumado y sus dotes histriónicas le valieron ser considerado como uno de los más grandes actores-cantantes que han existido. Existen grabaciones suyas junto a las más grandes luminarias de la ópera mundial, junto a Zinka Milanov, Beniamino Gigli, Gina Cigna y muchos otros. Su nombre artístico proviene de la necesidad de no ser confundido con su famoso hermano Renato, por lo que italianizó su apellido materno Morales, convirtiéndolo en Morelli. Su debut tuvo lugar en Alessandria, Piamonte, como Tonio en I Pagliacci. Accedió a la Scala de Milán con la ópera Hansel y Gretel, a la que siguieron Rigoletto, La Wally, Aída, Traviata, etc. Existió una estrecha relación artística con el Maestro Arturo Toscanini. En efecto, Carlo Morelli actuó en siete temporadas seguidas bajo su batuta, record inigualado en su época. Asimismo, se presentó en numerosas funciones dirigidas por Richard Strauss. Después de una carrera de excepción se radicó en 1948 en México, hasta su retiro en 1969, en que formó una academia de canto que tuvo entre sus alumnos más destacados a Plácido Domingo. Su repertorio estuvo formado por 59 roles, que cantó en seis idiomas diferentes. En su amada segunda patria, en la Capital Federal de Ciudad de México, falleció en mayo de 1970, a los 72 años de edad.

   Es digno de mencionarse que permanece vigente hasta nuestros días el Concurso Nacional de Canto Carlo Morelli, la plataforma de mayor relevancia para los jóvenes cantantes líricos mexicanos. Este concurso se desarrolla año a año en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México y han sido descubiertos en este certamen figuras tan importantes como María Luisa Tamez, Lourdes Ambriz, Ramón Vargas, Rolando Villazón, Carlos Almaguer, Noé Colin y muchos otros. Es así como se mantiene vivo el recuerdo de un artista de excepción, un barítono chileno que fue piedra angular de la actividad lírica de México por más de tres décadas.

RAMÓN VINAY

   Ramón Vinay, es sin duda, quien alcanzó mayor notoriedad mundial, no solamente por su larga y trascendental carrera lírica, sino que por haber sido reconocido por los más grandes directores de orquesta y la mayoría de los cantantes más destacados del Siglo XX, como el más grande de los Otellos. En esto coincidieron Arturo Toscanini, Wilhelm Furtwängler, Carlos Kleiber, James Levine, Plácido Domingo, Renata Tebaldi y tantas otras figuras. Un tenor de elevada estatura, presencia escénica no superada hasta ahora y dueño de una voz de tenor dramático densa, pastosa, distintiva y capaz de comunicar con su fraseo, manejo de la dinámica y expresión la esencia misma de la palabra cantada. Este chileno de corazón nació en Chillán el 31 de agosto de 1911. Civilmente se llamó Ramón Mario Francisco Vinay Sepúlveda. Muy joven fue enviado a estudiar a Francia. Regresó a México y estudió canto con el maestro José Pierson. Allí debutó como barítono, contando solamente con 20 años de edad, en La Favorita de Donizetti. Llegó a dominar 32 roles en la cuerda de barítono, haciendo gala de una versatilidad y un desplante en el escenario realmente notables. Sus más grandes interpretaciones fueron Scarpia, Barnabá y el Conde de Luna. Sin embargo, teniendo 33 años, hizo su debut en ciudad de México en el rol que habría de convertirlo en una leyenda: el Moro de Venecia, el Otello definitivo e insuperado de Ramón Vinay. En 1947 se produce el reencuentro de Vinay con el Maestro Toscanini, con quien deja para la posteridad la maravillosa versión de estudio del Otello, analizada y estudiada detalle por detalle por todos los intérpretes que han personificado a Otello. Ninguno de ellos ha logrado superarlo. Su repertorio como tenor incluyó 19 roles, siendo los más destacados: Don José, en Carmen; Sansón, en la ópera de Camille Saint-Saens; Herodes, en Salomé; Canio en I Pagliacci, Radamés en Aída, y para qué hablar de sus interpretaciones wagnerianas, en Parsifal, Tannhauser, Las Walkirias y, por supuesto, el Tristán e Isolda, del cual hay registros históricos con Birgit Nilsson, Marta Modl y otras especialistas en Wagner. Es tal su afinidad con este autor que debutó en los Festivales Wagnerianos de Bayreuth en 1952, inaugurando las temporadas entre ese año y 1957, un record inigualado. Años más tarde, vuelve a cantar como barítono durante varios años, para retirarse de escena en 1969, a los 57 años de edad, encarnando a Yago. Esta función pasó a la historia del arte lírico, cuando cantó por última en el Teatro Municipal de Santiago como Otello en el cuarto acto, reemplazando a Humberto Borsó, tenor que permitió este cambio en homenaje al más ilustre y famoso de los Otellos de la historia.

   Ramón Vinay colaboró como director escénico del Teatro Municipal de Santiago hasta el año 1972. Se radicó en México, donde falleció el 4 de enero de 1996, a los 85 años de edad, en el Estado de Puebla.

RAYEN QUITRAL

   Dentro de nuestros nueve elegidos para esta charla, Rayén Quitral es la que hizo una carrera menos destacada en cuanto a representaciones de ópera en grandes teatros, pero decidí incluirla por la admiración que tengo por esta mujer de origen humilde, de familia mapuche y que se llamó civilmente María Georgina Quitral. Nació en Iloca, en la hermosa Región del Maule, el 7 de noviembre de 1916. Muy jovencita, fue acogida por la gran maestra de canto Emma Ortiz, quien la recibió en su casa y le impartió sus primeras lecciones de canto, admirada por la extraordinaria voz natural de Rayén, que ostentaba una tesitura increíble casi de tres octavas, alcanzando el la natural sobreagudo, si bien su voz era densa y oscura en las primeras dos octavas. Creo que su voz extraña, por decirlo de alguna manera, la perjudicó en cuanto al repertorio adecuado para un registro de esa naturaleza. La maestra Ortíz la hizo debutar en el Teatro Central de Santiago, en el año 1937, a los 21 años de edad, con un éxito avasallador. Se habló en todo el país de “una araucana que canta ópera”, lo que en aquellos años tenía un sesgo despectivo, sin duda. Cuatro años más tarde debutó en el Teatro Colón de Buenos Aires, como la Reina de la Noche en la ópera La Flauta Mágica , de Mozart, causando admiración por sus increíbles sobreagudos. Emprendió varias giras, presentándose en diversos países de América y, como muchos otros cantantes que han formado parte de esta charla, se radicó por largos años en México. Sus roles más notables fueron Lucía di Lammermoor, que cantó en Chile en 1942, Gilda en Rigoletto, en 1943 y, por supuesto, la Reina de la Noche. Con éxito sostenido realizó una gira de conciertos por Italia y Francia, debutando en Londres con La Flauta Mágica, en el año 1951. Pero, diversas razones de índole personal la llevaron a retirarse de la ópera, para dedicarse a la docencia del canto lírico, si bien tuvo una gran actividad en presentaciones radiales, entre 1952 y 1967. La hermosa canción chilena “El copihue rojo” fue su caballito de batalla y la incluía en cada una de sus presentaciones.

   Al escuchar la voz de Rayén Quitral, reafirmo la idea de que ella eligió un repertorio inapropiado, por razones que ignoro. La voz tiene un cuerpo desusado para una soprano de coloratura. Decididamente no es ese su registro. Está mucho más cerca de lo que se llama “soprano assoluto”. Sin embargo, sus roles cumbres fueron típicamente ligeros. Si hubiera cantado como soprano lírica, la historia hubiera sido diferente. La poseedora de este maravilloso y tan poco corriente instrumento vocal, falleció en Santiago, el 20 de octubre de 1979.

MARTA ROSE

   Escuché muchas veces a diversos y connotados conocedores del arte lírico asegurar que Marta Rose ha sido una de las más extraordinarias y auténticas mezzo-sopranos de todos los tiempos. Y creo que no es una exageración. No podré olvidar jamás la primera vez que la escuché en una función de las primeras que se hicieron en el entonces Teatro SATCH, en la calle San Diego, en la década de los cincuenta. Se cantó el Trovador, con Mario Pasqueto, el barítono uruguayo Damiani, la soprano Marcela de la Cerda y la joven mezzo Marta Rose. La verdad es que nunca había escuchado una voz más grande y hermosa, la voz de una verdadera DIVA, digna de prodigarse en la Scala o en el Metropolitan. Más tarde tuve la oportunidad de conocerla como amiga y compañera de estudios en casa de la maestra Elena Petrini, donde ella iba a pasar diversas óperas. De una simpatía desbordante y una alegría de vivir inolvidable, Marta Rose dejaba transcurrir el tiempo en su patria, sin intentar la conquista del gran público europeo o norteamericano. Su nombre completo: Marta Rose Rodríguez, hija de padre alemán y madre chilena. Estudió canto en la Escuela Moderna de Música y en el Conservatorio. Luego integró el Coro de la Universidad de Chile, que dirigía Mario Baeza. Su padrastro, el barítono chileno Alberto López, no quería que se dedicara al canto. Tuvo que luchar para lograr un debut auspicioso y lo logró en 1949, cuando cantó El Mesías, de Haendel, bajo la dirección del maestro Víctor Tevah. Pronto pudo debutar en el Trovador, en el Municipal de Santiago, causando una admiración total. A mediados de los cincuenta, partió a Milán, becada por el Presidente Carlos Ibáñez del Campo. En menos de un mes se hizo escuchar y le dieron el rol de Azucena en Lonigo. Vinieron después Carmen, en Zurich, con Giuseppe di Stefano. Luego la cantó con Franco Corelli, en Bérgamo. Un Baile de Máscaras, con Carlo Bergonzi y Cavallería Rusticana en el San Carlo de Nápoles. Su debut en la Scala tuvo lugar en 1960, con La Reina Etra en la ópera Fedra, de Ildebrando Pizzetti. Inexplicablemente, quizás por problemas de salud por su excesivo peso físico, volvió a Chile. Sus últimas apariciones fueron en el Municipal de Santiago, como Amneris, en 1970, y Laura Adorno, en la Gioconda, Azucena, su rol máximo, y Herodías, en Salomé, en 1980. Fue grande de verdad y cantó tanto la Rosina, del Barbero, como una excepcional Amneris, rol que le quedaba como un guante. Me atrevo a asegurar que no ha habido otra cantante chilena más aplaudida en su patria y en el exterior, que esta estupenda y auténtica mezzo-soprano dramática, la gran diva chilena Marta Rose. Falleció en marzo de 2006 y sus restos yacen en el Cementerio Parroquial de El Totoral, en Algarrobo.

   De las poquísimas grabaciones que quedaron de Marta Rose, he elegido una escena de su máximo rol, como Azucena, en el Trovador. Aquí sobran las palabras. Está tomada en directo, de una función del Municipal, con Mario Prevedi, tenor italiano.

VERÓNICA VILLARROEL

   Nació en Santiago, el 2 de octubre de 1965. Es una hermosa mujer dotada no solamente de una voz bellísima de soprano lírico, sino que también de una simpatía y sencillez pocas veces vista en una artista de fama mundial. Como tantas otras cantantes, se incorporó al Coro del Teatro Municipal de Santiago, haciendo también esporádicas presentaciones en zarzuelas en el Teatro Carlos Cariola (ex SATCH). En 1986 cambió radicalmente su vida, cuando tenía apenas 20 años de edad e hizo su debut en el Teatro Municipal como Musetta, en La Boheme protagonizada por la estupenda soprano Renata Scotto, una de las más grandes actrices-cantantes de las últimas décadas del siglo pasado. La voz de Verónica impresionó hasta tal punto a la Scotto que decidió apoyar su carrera en la ópera y la ayudó a ingresar a la Juilliard School de Nueva York, donde estudió con la maestra Ellen Faull, y privadamente con Renata Scotto. Es digno de mencionar que Renata continuó ayudando artísticamente a nuestra gran soprano y que existe una hermosa amistad entre ellas, que se mantiene hasta ahora. En 1988, a los 23 años, Verónica ganó el Concurso Pavarotti, lo que la dio a conocer en todo el mundo. Al año siguiente triunfa en las Audiciones del Metropolitan de Nueva York. En pocos meses logra un contrato para hacer su debut europeo, como Fiordiligi, en el Così fan tutte de Mozart, lo que ocurrió en el Liceo de Barcelona, en 1989. Dos años más tarde, después de triunfales apariciones en España, Francia, Italia y Alemania, se cumple el sueño de Verónica, debutar en el Metropolitan Opera House. Y lo hace en un rol que ella adora, en la misma ópera en que debutara en Chile a los 20 años de edad: Esta vez no es Musetta, sino que Mimí, la protagonista. Una Mimí ideal, difícil de superar. Vienen después: La Traviata, Luisa Miller, Otello, Simón Boccanegra (en México, con Juan Pons), conciertos en que alterna la ópera, la zarzuela y la operetta. Su asociación con Plácido Domingo, otro monstruo del escenario que apoyó su carrera, tuvo su clímax en Alemania, Bonn, cuando interpretó el difícil rol de Cecilia en Il Guaraní, de Carlos Gómez. Esta grabación de audio constituyó un récord de ventas en todo el mundo. El repertorio de Verónica incluye numerosas óperas, destacando en los roles verdianos adecuados a una voz lírico-spinto, como la que exhibe en estos momentos y en obras menos difundidas, como El Diálogo de las Carmelitas, de Poulenc, o Jerusalem, de Verdi. En fin, Verónica es un verdadero orgullo nacional y esperamos que no cambie los escenarios líricos por el pop, género que hace con increíble facilidad y que le ha hecho pensar en retirarse del canto lírico.

CRISTINA GALLARDO-DOMAS

   Cristina Gallardo-Domas es dos años menor que Verónica Villarroel. Nació en agosto de 1967, es decir, recién cumplió 43 años, encontrándose en la plenitud de sus medios vocales. Realizó sus estudios en el Liceo Carmela Carvajal de Prat, ingresando después a la Escuela Moderna de Música. Estudió teoría musical, solfeo, historia de la música, armonía y piano, llegando a ser ayudante del curso de Canto Superior. Mostró siempre una fuerte inclinación por la pedagogía, por lo que complementó sus estudios de canto lírico con los de Interpretación Lírica, en el Teatro Municipal de Santiago, donde había ingresado en 1990 al Coro del Teatro. Ese mismo año hizo su debut profesional interpretando a Cio Cio San en Madame Butterfly, ópera que cantaría años más tarde en los más grandes escenarios del orbe. Al año siguiente a su debut, en 1991, obtuvo el título de Intérprete Superior en Canto, en la Escuela Moderna de Música de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ella, una estudiosa increíble y tesonera, siguió aspirando a más, obteniendo una beca para ingresar a la Jiulliard School de Nueva York. Estudió allí canto e interpretación con Edith Berth. Al igual que Verónica, participó en diversos concursos internacionales de canto, siendo finalista del Luciano Pavarotti, que se desarrolla en Filadelfia año a año. Ganó más tarde el concurso Licia Albanese y el Young Emergency Funds, de Nueva York. En 1992 obtuvo la medalla de plata en el concurso internacional Reina Elisabeth de Bruselas, Bélgica. Al año siguiente es invitada al Festival de Dos Mundos de Spoleto, para encarnar el rol protagónico de Suor Angélica, ópera que se convierte en su emblema dramático y que repite en Colonia, Hamburgo y otras sedes líricas. Esto ocurrió en 1993, a sus 27 años de edad. Ese mismo año debutó con éxito increíble en La Traviata, en la Ópera de Colonia, rol que ha interpretado innumerables veces. Culmina su temporada europea debutando en la Scala de Milán, en febrero de 1994 como Magda en La rondine de Puccini, bajo la dirección del venerable maestro Gianandrea Gavazzeni. Su carrera es fulgurante, explosiva e impensada. Recordemos que no tiene lo que se llama, “una gran voz”, sino que un talento superlativo para manejarla y adaptarla a roles habitualmente cantados por sopranos de mayor peso vocal. Nos atrevemos a asegurar que esta ductilidad y fuerza dramática le han jugado en contra. En efecto, es notorio el cansancio vocal de esta gran soprano chilena después de las extenuantes funciones de Butterfly en el Metropolitan, en el Liceo de Barcelona, en el Covent Garden de Londres, etc. En 1996 Cristina se convierte en la primera soprano chilena que debuta en la Ópera Nacional de París, como Mimí, en La Boheme de Puccini, éxito impresionante que repite muy pronto en el Teatro La Fenice de Venecia. Es extensísimo el listado de teatros que la han tenido como figura principal en Berlín, Viena, Barcelona, Madrid, Londres, Brasil, México, Santiago, y a qué seguir. Lo más importante: sus numerosas grabaciones, en diversos formatos, que serán testimonio insustituible para las futuras generaciones de cantantes: las interpretaciones de una pequeña y gran soprano lírica chilena llamada Cristina Gallardo-Domás, que le han permitido recibir merecidos galardones, trofeos, medallas de distinción, ser designada Hija Ilustre en diversas ciudades. Recientemente, para terminar esta sucinta reseña, recibió la condecoración Honoris Causa de la Universidad Andrés Bello; la nominación con su nombre del Aula Magna de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, y pasar a formar parte de la dirección del Campus de Excelencia y del Comité de Honor de esa universidad, que preside la Reina Sofía de Grecia, una de sus más preclaras admiradoras.

   Termino esta charla-homenaje a los cantantes líricos chilenos con lo que publicó “The Independent”, periódico de los Estados Unidos, escrito por el eminente crítico de arte Edward Seckerson, después de su interpretación de Butterfly:

Hay cantantes que parecen bonitas y cantan mal, las hay al revés. Y existe Cristina Gallardo-Domás, la soprano chilena que llegó al cielo de la Royal Opera en la noche inaugural y toma posesión de este rol para el futuro. Ella hace mucho más que cantar, ella lo vive. En mente, cuerpo y espíritu ella es todo aquello que Puccini debió haber soñado”.

   Esta apreciación nos llena de orgullo. Y Cristina lo demuestra en cada una de sus intervenciones. Y ella tiene todavía muchos años por delante, lo que nos asegura que seguirá brillando en el firmamento lírico mundial.

Miguel Eduardo Planas Cifuentes