Giuseppe y Giuseppina, un amor milanés

Charla en celebración del bicentenario del nacimiento de
Giuseppe Verdi y Richard Wagner
A cargo de Miguel Eduardo Planas Cifuentes
Círculo Lírico de

Viña del Mar

Los difíciles comienzos

Todos los que amamos la ópera sabemos que el Teatro La Scala de Milán tiene un pasado de gloria, de triunfos y fracasos. En alguna forma, domina todo el mundo del canto lírico y es un verdadero templo. Su público es capaz de dictar veredictos inapelables. Giuseppe Verdi tuvo un fracaso en Milán con Un giorno di regno, su segunda ópera y estuvo a punto de renunciar a ser compositor lírico. ¿Se imaginan cuánto habríamos perdido si el Maestrino hubiera persistido en esta determinación? Pensemos, por un instante, en las horas que hemos dedicado a escuchar a Verdi durante nuestras vidas. Son, seguramente, miles y miles, por lo menos en lo que a mí se refiere. He hecho de Verdi mi compositor más venerado y admirado. Mi primer aria de ópera la escuché cuando tenía unos siete u ocho años y no la olvidaré jamás: La donna é Mobile, cantada por Beniamino Gigli, en una desvencijada victrola de 78 revoluciones por minuto. De allí en adelante empecé lentamente a conocer, como muchos de ustedes, La Traviata, Luisa Miller, La Forza del Destino, Trovador, Rigoletto, Don Carlo… Y qué seguir, todo Verdi, culminando muchos años después en Aída, Otello y Falstaff, consideradas universalmente como cimas de su creación, compuestas a una edad en que muchos ya han renunciado a crear.

Enrique Beyle, (mejor conocido como Stendhal) nos dice:

Llamo a la Scala el primer teatro del mundo, porque es el que hace sentir el mayor placer por la música. No hay una lámpara en la sala, iluminada sólo por la luz que llega de las decoraciones. Imposible imaginar nada más grande, más magnífico, más imponente, más nuevo que todo lo que es arquitectura” (De “Vida de Enrique Brulard”).

El llamado Templo de la Ópera puede contener tres mil quinientos espectadores cómodamente sentados. Tiene doscientos veinte palcos. Es costumbre que en las primeras representaciones se guarde silencio. En las restantes todo cambia y el público milanés se manifiesta en las formas más diversas. Es difícil sospechar qué va a ocurrir después que se inicia la función. En la época de Verdi y aún en estos años, según creo, las noches de estreno nos mostraban a un suplente del director de orquesta, sentado entre el “contrabasso al cembalo y el violoncello al cembalo”. Era el compositor. La costumbre quiere que el creador de la ópera vuelva las páginas de los dos intérpretes más modestos en su nueva obra.

Ningún biógrafo de Verdi ha sido capaz de aclarar cuándo nació el amor entre el Maestrino y Giuseppina Strepponi, diva que reinaba en Milán sin contrapeso. Existen varias versiones. Hagamos un poco de historia. En la primavera de 1839 Verdi tenía 25 años. Nuestro joven compositor se había atrevido a presentarse, sin cita previa, a la primadonna absoluta de la época.. Esta célebre artista había dominado los escenarios líricos en los anteriores seis años. Su notable carrera se había iniciado en el Carnaval de Trieste con Matilde de Shabran de Rossini, cuando tenía solamente diecinueve años y fue siempre en ascenso. Merelli, el controvertido y dominante empresario de la Scala, se preocupaba de asegurar sus triunfales presentaciones otorgándole los roles de mayor lucimiento. Muchos aseguraban que manejaba también el corazón de la exitosa soprano. Lo más probable es que Merelli estaba enamorado de la diva y, también, de los suculentos honorarios que recibía cada vez que cantaba. Era un hombre impulsivo, locuaz y algo inescrupuloso. No merecía una mujer como Giuseppina. Hablamos de una mujer exquisita, inteligente y de cultura superior, de una artista completa, con brillantes estudios en el Conservatorio de Milán tanto de canto como de piano. Ingeniosa, simpática y bondadosa era elogiaba por muchos, si bien su vida privada se mantenía envuelta en misterios. Al comienzo de su carrera se había enamorado de un tenor mediocre y se rumoreaba que había tenido dos hijos en esta relación. Otros, mal intencionados, sostenían que el segundo hijo era del empresario Merelli… En fin, se decían muchas cosas, pero la diva se limitaba a callar y a eludir cualquier mención sobre su vida íntima. Estos dos hijos se mantuvieron rodeados de ese misterio que hacía aún más atractiva a la cantante. La diva accedió a recibir al bisoño compositor de Parma y, deslumbrada por la belleza de la música de Oberto, su primera ópera, hizo los contactos necesarios con Merelli y se ofreció para cantar ella misma en el estreno, pero esto no ocurrió por diversos compromisos de la diva y Leonora fue interpretada por otra soprano. Se cumplía así el sueño del joven músico. Sin embargo, la tragedia golpeó a Verdi con inaudita crueldad y, un mes antes del ansiado estreno del Oberto, su pequeño hijo Icilio falleció a los dieciséis meses de edad. Su primera hija había muerto de esa misma edad. Pero era solamente el comienzo de su tragedia familiar. Al año siguiente murió su esposa Margarita Barezzi, el amor de juventud del Maestrino. Verdi tenía solamente 26 años cuando quedó completamente solo.

No ha podido establecerse fehacientemente cuándo nació el amor entre el Maestrino y Giuseppina. Varios autores disienten sobre este punto. Personalmente, creo que ella admiró primero al Maestro y, en algún momento indeterminado, esa admiración se transformó en amor, una pasión que iba a durar hasta el fin de sus días. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos que se dieron en la Scala. Es factible que en 1843, año del estreno de I Lombardi, Giuseppe y Giuseppina ya estuvieran enamorados. Sabemos que diecisiete años después, en su plena madurez y después de obtener triunfo tras triunfo, Verdi se casaría con su primera Abigail. Demasiado tiempo para ese amor que fructificó cerca de las bambalinas de cera de La Scala, como una semilla que demoró largos años en germinar gloriosamente. Pero veamos que ocurrió en esa espera de tantos años.

Como sabemos, Un giorno di Regno, su segunda ópera, había fracasado estrepitosamente. Verdi, sumido en su duelo profundo, no estaba en condiciones de crear una comedia. Su intento fallido de triunfar con una ópera cómica lo había hecho refugiarse en Busseto, encerrado en sí mismo, incapaz de componer ni siquiera una frase musical que lo dejara satisfecho. Si escuchamos detenidamente esta obra veremos que tiene momentos muy logrados, aunque el llamado “estilo verdiano” aún no aparece nítidamente. Tiene algo de Donizetti y mucho de Rossini…

Pero el tiempo todo lo cura. El 9 de marzo de 1842 la música del Nabucco llevó al Maestrino al triunfo total y absoluto. La Strepponi, que había influido decisivamente en lograr que la tercera obra de Verdi se estrenara en La Scala, actuó la Abigail como un ángel. Debemos mencionar, empero, que ese ángel adolecía de severos problemas vocales. Giuseppe la asistía y la alentaba constantemente. Estaban juntos cada vez que podían. Si ya se habían convertido en una pareja ello, por obvias razones, lo mantuvieron en riguroso secreto. Frank Walker, quizás el más importante biógrafo del Maestrino, nos cuenta una historia sorprendente. Está más que claro que había una relación entre Giuseppe y Giuseppina pero la fecha es difícil de precisar, considerando el reciente luto del Maestrino. Martin, otro biógrafo notable, la fija con certeza en el día 22 de diciembre de 1841, fecha en que Nabucco aún no se había estrenado. Pero hay ciertas inconsistencias que deben aclararse antes de aceptarla. Una amistad, por hermosa que sea, no es amor. Y un amor nace muchas veces, precisamente, de una bella amistad. Y pareciera que esto es lo que ocurrió entre Giuseppe y Giuseppina. Indico lo aseverado por Martin: Durante y después de las funciones de Nabucco una cálida amistad empezó a desarrollarse entre Verdi y la Strepponi. Ella tenía deteriorada su voz, arruinada su salud y su triunfal carrera lírica parecía haber llegado a su fin. Era demasiado. Tenía que mantener a su madre, dos hermanos y una hermana, amén de sus dos hijos. Estaba aún considerando la posibilidad de casarse con alguien “no demasiado rico” y ajeno al mundo de la ópera. En 1842 Verdi entraba en sociedad.

El joven músico, angustiado, inquieto y triste no sabía qué iba a ocurrir en la Scala con Nabuccodonosor. Había recorrido un largo camino en que los dramas y las penas más profundas lo habían convertido en un hombre taciturno y silencioso. Se encontraba esa noche volviendo las páginas del que iba a ser su primer triunfo. El Maestrino iba a conquistar, por fin, las palmas de uno de los públicos más exigentes y difíciles del orbe. Apenas un año y medio antes, aplastado por la muerte prematura de sus hijos y de su amada y joven esposa, Verdi había pensado seriamente en abandonar la composición lírica. Sin embargo, cuando conoció el libreto de Temistocle Solera, que le había entregado el empresario Merelli, de inmediato se dio cuenta que esa historia bíblica le iba a dar la oportunidad de escribir una ópera patriótica. Veladamente, ella podía encender el fervor de los italianos para oponerse a la situación política de ocupación y de censura del régimen político imperante. Era previsible e inevitable. El pueblo milanés se vio identificado en los esclavos hebreos e hizo suya la tristeza expresada en el coro “Va pensiero sull’alli dorate”. Este trozo habría de convertirse en una de las obras más representadas actualmente en el mundo entero. El rol de Abigail, estrenado por Giuseppina en la Scala, extenuante al extremo, habría de tener para ella consecuencias desastrosas. Hermosa música, por cierto, que demandaba de la intérprete un esfuerzo pocas veces visto anteriormente.

Las penas y las esperanzas habían sido llevadas por el Maestrino al escenario más apropiado. Su música expresaba el drama profundo de Italia, sometida y humillada. Nabucodonosor fue representado cincuenta y siete veces durante los siguientes cuatro años. Este récord no tenía precedentes en la historia del templo milanés de la ópera. También significó que Verdi se relacionara musicalmente con la primera Abigail. Nabucco, nombre familiar que Milán dio a esa obra, marcó su reencuentro con Giuseppina. De ahí en adelante el maestro y la cantante se vieron en secreto constantemente.

Transcurrió menos de un año después de esa jornada inolvidable y única en que el público enfervorizado de La Scala, entre el llanto y el delirio, pidió una y otra vez que se bisara el coro de los hebreos “Va pensiero”. Ese exultante público, capaz también de demoler sin piedad a autores reconocidos, volvió a delirar con ocasión del estreno de Los Lombardos en la Primera Cruzada, con libreto del mismo autor de Nabucco, Temístocle Solera. El inmenso templo de la ópera de Milán se llenaba una y otra vez, estremecido por aplausos y vítores a favor del Maestro Verdi. Inmerso totalmente en la creación lírica, el joven viudo escribía a Giuseppina y le abría su corazón. Todas las injurias, la maledicencia con que se comentaba un “posible affaire amoroso” de la diva con el astuto y hasta inmoral empresario Merelli, no tocaban al exitoso y joven compositor. El estado vocal de la Strepponi no le permitió estrenar el hermoso rol de Giselda, heroína de Los Lombardos. Lo cantó la Frazzolini en febrero de 1843 en La Scala. El tema permitió a Verdi crear escenas, arias y caballetas de gran lucimiento para los cantantes.

Poco tiempo después se estrenaría en el teatro La Fenice de Venecia el Ernani, una obra que marca magistralmente el enlace entre el canto y el texto. Verdi escribió bellísimas arias y recitativos, con un contenido dramático hasta entonces nunca visto. Antes que Wagner, el Maestro Verdi tuvo en Ernani una maravillosa intuición. Es lo que se llamaría “leitmotiv” que Wagner utilizaría años después con resultados sorprendentes en sus dramas musicales. En el preludio de Ernani ya podemos encontrar dos temas que contienen todo el significado de la obra. Uno, el del trágico protagonista; el otro, el de su desventurado amor por Elvira. Se trata de una pasión que brota del corazón mismo de un desterrado por una mujer pretendida por el joven rey Don Carlos, quien se convertiría posteriormente en el emperador Carlos V.

En el intertanto, Giuseppina cantaba el Nabucco en diversos teatros. No cabía la menor duda: el difícil y cansador rol de Abigail no era para su voz lírica, mucho más apropiada para Lucía, para Amina, para Matilda, roles belcantistas que la habían llevado a la cúspide. Lentamente, la triunfal ópera de su admirado y amado Verdi iba destruyendo su voz. Pero esto no parecía importarle. Quizás, se sentía más cerca del maestro en cada una de esas funciones en que terminaba exhausta y disfónica. El precio que tuvo que pagar la Strepponi fue demasiado alto. Parecía increíble… ella no cumplía aún treinta años y cada presentación se había convertido en una incógnita formidable para ella. ¿Qué había ocurrido con su voz?.

En el mismo año del estreno de Ernani, esto es, 1844, el joven Verdi estrenó I due Foscari. Es una bella obra, plena de sentimiento. Después de los asuntos históricos de Nabucco y Ernani, el Maestro se volvió hacia el romanticismo literario. Con extraordinaria inteligencia, Verdi escribió la música sobre un relato de Byron basado en el drama de Víctor Hugo. El libreto lo desarrolló Francesco Maria Piave. Los dos Foscari se desarrollan en Venecia y ese tenebroso drama le pareció que desbordaba de pasión y esa misma pasión era lo que inspiraba a Verdi permitiéndole volcar momentos de severidad en que la música alcanza un vuelo altísimo. Verdi se preocupó de sugerir y, aún, de modificar importantes escenas de la obra. En ella encontramos violencia, venganza y, por sobre todo, amor a la patria, todo ello junto a instantes de ternura y de otro tipo muy diverso de amor, el amor paterno. El barítono protagonista está dividido entre sus deberes de ciudadano y los deberes de padre.

Al año siguiente, 1845, Verdi escribió demasiado a prisa. Solamente se dio tres meses para componer, ensayar y estrenar Giovanna d’Arco. Aún así, la obra tienes bellos himnos que nos hablan de libertad y de patria. El texto no ayudó demasiado. Es, a ratos, casi incoherente y los agregados fantasiosos no ayudan a digerirlo completamente. Pero, es de Verdi y esto se hace evidente cuando escuchamos alguna de sus arias, los himnos libertarios y los concertados en que el maestro demuestra su genio, especialmente, si recordamos que el editor Ricordi había puesto en conocimiento de Verdi los fraudes y otros manejos turbios del empresario Merelli, provocándose así el rompimiento de Verdi con La Scala. Pasarían muchos años antes de que retornara al templo milanés de la ópera.

Desde octubre de 1844 a marzo de 1845 Giuseppina había estado radicada en Palermo. Fueron seis meses de infelicidad en que la cantante se presentó en diversos teatros. La crítica fue lapidaria: “Lucrezia Borgia y Ernani (que se dio con el título de “Elvira d’Aragona”, con la anuencia del Maestro) fueron cantadas por la señorita Strepponi quedando en evidencia que era incapaz de sostener estos roles que demandan acción, vigor, voz, inteligencia y arte dramático”. Su canto fue recibido con frialdad e indiferencia. La verdad sea dicha: su voz ya no le respondía. No era posible reconocer en ella a la célebre cantante que provocaba unos pocos años atrás invariables tempestades de aplausos jubilosos.

Ese mismo año 1845 y con apuros similares a los de I due Foscari, Verdi escribe Alzira. Siempre se ha atribuido a la monotonía y debilidad del libreto de Salvatore Camaranno el resultado mediocre en que parecía estar hundiéndose el arte del maestro de Roncole. Sin embargo, Alzira contiene hermosa música si bien no logró jamás un sitial en la obra del triunfador de Nabucco y Ernani. Pero seguía siendo el Maestro. Hermosa música, sin duda alguna. Verdi la consideró “una basura”. Está claro que había llegado a un nivel de autoexigencia demasiado alto.

La Strepponi reapareció meses más tarde en Nabucco, esta vez dejando mucho tiempo entre cada función. Ella intuyó que su carrera ya llegaba a su fin y se esmeró, al punto en que volvió a levantar al público de sus asientos. En su última función, en enero de 1846, Teatro Comunale de Modena, fue llamada veinte veces a la cortina en medio de una lluvia de flores y de poemas que sus admiradores le dedicaban desde lo alto. De allí en adelante Giuseppina dedicaría sus actividades a difundir la ópera como maestra del verdadero canto italiano, el “bel canto”, el arte que la hizo célebre en el mundo musical europeo. El fin de su carrera lírica significó lo impensable: la maravillosa diva del Bel Canto no cantaría las siguientes obras de su amado. Nabucco y Ernani fueron las únicas óperas completas de Verdi que Giuseppina cantó sobre un escenario.

Dos meses después del retiro definitivo de Giuseppina, en marzo de 1846, se estrenó Attila. Giuseppe y Giuseppina seguían amándose pero, oficialmente, no estaban juntos. Esta situación, obligadamente, restaba energías a la creatividad que Verdi tenía que volcar en el pentagrama. Ella le aconsejó insistir sobre los temas ligados al patriotismo. Debía buscar asuntos ligados a la patria, necesarios para encender eficazmente a un público que estaba proclive, absolutamente, al ansiado Risorgimento. Italia estaba preparada y receptiva para identificarse con actos heroicos y con acentos marciales. Attila fue compuesta con este espíritu. El maestro estaba de regreso y su genialidad hizo estallar tumultuosamente el Teatro La Fenice de Venecia. Después del estreno, todos estaban de acuerdo: Verdi había conseguido uno de esos triunfos que marcan la vida de un compositor. Catorce veces debió volver a las cortinas, dejando atrás el fracaso de Alzira. El Risorgimento había llegado finalmente para el joven maestro.

Eternamente juntos

Con Attila se cerró una etapa demasiado importante para Verdi. Entre estos dos inmensos triunfos, el de Nabucco y el de Attila, habían transcurrido casi ocho años. El joven Verdi se había transformado en el Maestro Verdi. En los años posteriores escribiría sus óperas más importantes. Al momento del triunfal estreno del Attila, Giuseppe tenía solamente 32 años. Su amada Peppina ya no podía cantar y estaba radicada en París. Pero eso a ella parecía ya no importarle. Giuseppe estaba con ella cada vez que sus compromisos artísticos lo permitían. Amaba y era amada. ¿Qué más podía pedirle a la vida? Este amor maduro, profundo y verdadero les permitió jurarse que estarían unidos hasta la muerte. Esta promesa, formulada por muchos seres humanos en todo tiempo y lugar, sin cumplirla, en el caso de Giuseppe y Giuseppina se convirtió en un pacto indisoluble. Alquilaron una casa en la campiña de Passy y, lejos del bullicio citadino, vivieron un amor que se consolidó y acreció con los años. En febrero de 1848 la revolución hizo caer de su pedestal a Luis Felipe extendiéndose la sublevación hasta Milán. Esto significó el primer paso hacia la liberación anhelada por los milaneses.

Giuseppe y Giuseppina contrajeron matrimonio en Savoya el 29 de agosto de 1859. El amor que nació en Milán entre los entonces jóvenes Giuseppe y Giuseppina, había perdurado un largo tiempo, nada menos que cincuenta y cuatro años. Envejecieron juntos. Giuseppe Verdi sobrevivió cuatro años a su amadísima Peppina. Hay almas escépticas que sostienen que el Amor Eterno no existe. ¿Que no existe? Sabemos que sí…


Miguel Eduardo Planas Cifuentes

Viña del Mar, abril de 2013.


Bibliografía principal:
•Verdi, de France-Yvonne Bril, Editorial Espasa-Calpe
•Verdi, the Man, de Frank Walker, J. M. Dent & Sons Ltd., London
•La Música en la civilización occidental, Paul Henry Lang
•Los Grandes Compositores, Harold C. Schonberg
•Historia Universal de la Ópera, Oscar Bie
•La Ópera, Enciclopedia del Arte Lírico, Editorial Aguilar