GAETANO DONIZETTI, GENIALIDAD Y LOCURA

   Gaetano Donizetti nació en Bérgamo, el 27 de noviembre de 1797. Fue el quinto hijo de Andrea Donizetti . y Doménica Nava, una joven pareja de familia humilde que inició su vida matrimonial en un barrio pintoresco, en una callecita de la ciudad alta llamada el Borgo Canale. En 1806 su padre lo matriculó en el Conservatorio de Música recién abierto en Bérgamo por Simone Mayr, bávaro de nacimiento, con estudios de teología, que había sido alumno de teoría musical, composición y armonía de Carlo Lenzi y Francesco Bertoni.

   Mayr fue autor de Saffo (1794), su primera ópera; y maestro de capilla de Santa María Maggiore en la ciudad natal de Donizetti. Compuso más de 60 óperas, las más conocidas: La Rosa Bianca y la Rosa Rossa, Medea in Corinto, Fedra, etc. Se considera su obra maestra Medea in Corinto, que fue estrenada por Isabella Colbrán.

   Reconocido como el maestro precursor del romanticismo lírico, que nació con Gioacchino Rossini, y se consolidó en todo el mundo con Bellini y Donizetti. Mayr fue el maestro, mentor y segundo padre de Donizetti. Le enseñó el empleo de instrumentos como el arpa, el corno inglés, los timbales y, especialmente, el canto, los registros, tesituras y colores apropiados para determinados caracteres dramáticos. Enseñó al joven Gaetano cómo transmitir la función dramática y cómo debía ser la participación de las voces en el desarrollo de la acción.

   El sagaz progenitor de Gaetano, Andrea, lo incorporó a los nueve años al Conservatorio “Lezione Caritatevoli”, para niños pobres, a los que quería formar como coristas o instrumentistas. Descubrió en nuestro héroe dotes excepcionales, y esa amistad debía durar hasta la muerte de Mayr, en 1845.

   Cuando Gaetano tenía casi dieciocho años, Mayr juzgó que ya no existía nada más que enseñarle. Quiso que perfeccionara su arte en la mejor escuela musical de Italia: el Liceo Filarmónico Comunale de Bolonia que dirigía un gran maestro, el padre Estanislao Mattei. De allí había egresado Rossini cinco años antes y se había convertido en el más ilustre representante de la ópera italiana, un creador de óperas serias, semi serias y cómicas.que dominó rápidamente los escenarios de su época. Donizetti fue admitido a la clase de contrapunto del padre Mattei y muy pronto empezó a componer música sinfónica y música vocal religiosa. Su primera ópera Pigmalión fue representada recién en 1960 en Bérgamo.

   Después de dos años de estudio en Bolonia, Donizetti volvió a Bérgamo. Después de ver la Cenerentola de Rossini, deslumbrado por el estilo maravilloso de la obra, decidió convertirse en compositor de ópera. Estrenó Enrico di Borgogna en 1818 (tenía 21 años de edad) y al tener una acogida bastante favorable, escribió Una Folia, y tres obras bufas, pero todas eran inspiradas en Rossini. Empezó, entonces, a buscar su propio estilo. En 1822 presentó Zoraida in Granata en el Teatro Argentina de Roma, la que tuvo una acogida concluyente. Buena crítica, pero se dijo que evocaba, sin duda, el Tancredi de Rossini. Fue su primer éxito en grande, junto con la ópera La Zíngara. Después del estreno de La Zíngara se encuentra por primera vez con Vincenzo Bellini, cuatro años más joven que Gaetano. Bellini era entonces alumno del Conservatorio de Nápoles. Bellini escribió a un amigo que “aparte del gran ingenio que posee este lombardo, es un hombre hermoso y su fisonomía, noble y dulce, es al mismo tiempo imponente, inspira simpatía y respeto”. Años más tarde, sin embargo, Bellini tuvo celos de Donizetti. Después de La Zíngara, su suceden nuevas obras, casi todas ellas desaparecidas de los escenarios: Chiara e Serafina, Alfredo il grande, El Fortunato inganno, y L’ayo nell’imbarazzo, que se estrenó con euforia general en Roma, en 1824. En 1826 presentó Alahor in Granata y El Castillo de los Inválidos. Pero aún no lograba el estilo personal que había estado buscando por tantos años. Era preocupante, pero debió reconocer que, a los 28 años de edad, su carrera como compositor de óperas no había logrado consolidarse. Decidió disminuir la cantidad y reemplazarla por la calidad. Se dio un periodo de descanso y aceptó el cargo de director de la orquesta del Teatro Carolino de Palermo, dirigiendo allí varias obras de Spontini y de su maestro y amigo Simone Mayr, entre otros. De regreso a Nápoles en 1826, asistió al increíble triunfo de Vincenzo Bellini en el San Carlo, con su bellísima ópera Bianca y Fernando. El mismo día del estreno Donizetti . escribió a su amigo Mayr: “Bianca y Fernando, de nuestro Bellini, su primera producción; bella, bella, bella… “ Esto da testimonio del alma generosa y de la bondad inagotable que poseía Donizetti. Aún más meritorio, por cuanto en una sola representación Bellini había superado a su joven colega mayor. Pocos meses más tarde, se abrían las puertas de La Scala de Milano para Bellini, con su victoria esplendorosa con Il Pirata, en 1827.

   En pocos años Donizetti alcanzó un dominio de la armonía, de los valores de los instrumentos y de las voces, a lo que se unió su capacidad increíble para componer con rapidez y claridad. No en vano había sido el mejor alumno de Mayr y del padre Mattei.

   Después de buscar infructuosamente un libreto adecuado, decidió hacer él mismo un texto para una alegre farsa llamada “Las conveniencias e inconveniencias teatrales”, conocida después con Viva la Mamma, que se estrena en 1827 en el Teatro Fondo de Nápoles. El personaje travesti de Mamma Agatha, la madre abusiva de una prima donna, confiado a un barítono, logra desencadenar la hilaridad del público. Se insinuaba ya al futuro creador de Don Pasquale y del Elisir d’amore.

   El periodo 1828 a 1830 fue para Gaetano de actividad intensa. Logró consolidarse como compositor y mirar el porvenir con esperanza. Y ocurrió lo impensado. Este obrero de la ópera, incansable, metido las 24 horas en las partituras y en los libretos, se enamoró de una deliciosa muchacha, Virginia Vasselli, a la que había conocido en Roma. Se casaron en junio de 1828 y se instalaron en Nápoles. Durante los dos años siguientes ofreció sucesivamente siete óperas en Nápoles. Esto supone una frecuencia demasiado ambiciosa. Solo dos de ellas lograron éxito, aunque relativo: El Giovedi Grasso y Il Castello di Kenilworth. Sin embargo, el retomar su actividad febril componiendo le cobró la cuenta. Se enfermó seriamente, víctima de convulsiones, ataques de bilis y dolores de cabeza preocupantes. Para colmo de males, debió sobrellevar la pena de perder a su primer hijo, el que vivió solo unos días. Virginia tenía una salud demasiado frágil y esto le causaba una preocupación constante.

   Y así llega Donizetti al año decisivo de su vida: 1830. A los 33 años de edad había compuesto la increíble cantidad de 30 óperas, y cientos de obras diversas sinfónicas, de cámara, religiosas, etc. Lo cierto es que ninguna había logrado imponerse en forma durable. Había logrado solamente chispazos de triunfo. Lo que necesitaba era un buen libreto, con personajes de carne, de sangre, de huesos, de sentimientos fuertes, humanos, y Felice Romani iba a procurarle todo esto, con su genial libreto de Anna Bolena. Romani dividió, entonces, la vida del compositor en un “antes de Anna Bolena” y “después de Anna Bolena”.

   Con esta ópera el joven compositor llegó finalmente al apogeo de su carrera. A la sazón, el Teatro Carcano de Milán era el competidor de La Scala. Y Gaetano tuvo su gran oportunidad. El empresario del Carcano, ante la pérdida de Rossini, quiso reemplazarlo por dos de los compositores jóvenes más notables de ese tiempo. Así, entregó libretos de Felice Romani a Vincenzo Bellini, un “Hernani”, y otro de Anna Bolena, entregado a Donizetti. Ambos debían componer la ópera en un mes. El empresario Barbaja, quizás sin saber que iba a cambiar la vida de Donizetti, es quien hizo estos encargos, después que Isabella Colbrán se retiró del Teatro Carcano para casarse con Rossini.

   Bellini renunció y dejó inconclusa la ópera Hernani. Donizetti, en cambio, estrenó en diciembre de 1830 su Anna Bolena, con la eximia y ya legendaria cantante Giuditta Pasta, contratada por Barbaja para suplir a la Colbrán. La Pasta era una mezzosoprano con maravillosa voz, que desafortunadamente murió poco tiempo después, muy joven. Anna Bolena produce un estruendo fenomenal y el estreno lleva al cenit al joven Gaetano, cuando aún no cumplía los 33 años. Estamos en presencia de una obra maestra pura, con personajes típicos, que expresan sentimientos con acentos nobles y apasionados, aún cuando la acción se hace más y más dramática. La prodigiosa exhuberancia de Donizetti, esa genialidad que afloró aquí a raudales, se traduce en Anna Bolena en una sucesión interminable de cavatinas, de cabaletas, de dúos, de coros y fragmentos que conforman un conjunto maravillosamente equilibrado. Incluye aquella desgarradora escena final, con la queja de Anna, que debe cantarse con “un fil di voce”. Esta escena de locura, con su aria “Al dolce quidami castel natío” es considerada como una de las cumbres de toda la música lírica italiana. Había nacido, por fin, su individualidad como compositor, después de componer 31 óperas.

   Luego de dos años en que sus nuevas creaciones no lograban superar el triunfo magnífico de Anna Bolena, entre ellas, Fausta y Ugo, Conte di Parigi, llega el final de la temporada en medio de la tempestad de aplausos obtenidas por Bellini con su inmortal ópera Norma, estrenada en Milán con Giuditta Pasta en el extenuante rol de Norma. El empresario Lanari, ante la urgente necesidad de una obra nueva para la temporada de primavera del Teatro de la Canobbiana, pidió a Donizetti y a Felice Romani que compusieran en un plazo brevísimo una ópera basada en el Filtro de Amor. En 14 días, aunque parezca increíble, Donizetti compuso su Elisir d’Amore, una de las obras joviales más puras de la ópera italiana intermedia, o semi-seria.

   Se convirtió, como todos sabemos, en una de las óperas más populares de la historia de la música italiana. Lo tiene todo: es liviana, entretenida, melodiosa, sin que tenga una sola página de su partitura que no nos seduzca, que no nos divierta, que no nos conmueva.

   El año siguiente, 1833, significó para Donizetti el regreso a Roma para el estreno de la ópera Il Furioso all’Isola di San Domingo, obra de gran eficacia dramática y humanismo. Es lo que se llama un “Drama Giocoso”. Tuvo un éxito clamoroso y en pocos años fue interpretada nada menos que en setenta teatros. Siguió Parisina d’Este, hermosa obra que triunfó tanto en París como en Florencia, al igual que su Torcuato Tasso. Pero fue con Lucrezia Borgia la obra con la que logró algo que ansiaba desde siempre: triunfar en la Scala di Milano, el teatro más bello e importante del mundo en esa época. Una vez más el libreto es de Felice Romani, que sigue de cerca la obra de Víctor Hugo.

   Pese a las molestias de la censura, esta ópera se convirtió en uno de los pilares del repertorio de los más grandes escenarios líricos. La primera Lucrezia fue la prima donna Méric Lalande, una cantante abusiva.

   La ópera María Stuarda, sobre un libreto de Bardari, presenta los últimos momentos de la infortunada reina de Escocia, María Estuardo y sigue fielmente la célebre obra de Schiller, con el enfrentamiento de las dos reinas, Isabel de Inglaterra y su prima la Stuarda. En la Scala, la maravillosa cantante María Malibrán, producía un efecto prodigioso en escena, especialmente cuando, fustigada por el desprecio áspero de su rival, le lanza el terrible anatema: Figlia impura di Bolena, parli tu di disonor… Esta ópera, cuando se encuentran las cantantes adecuadas para representar a las dos rivales reales, tiene un impacto increíble sobre el público, que llega a las alturas de la Norma de Bellini.Se suceden después de María Stuardo varias obras inspiradísimas, como Gemma di Vergy, y Marino Faliero. Sin embargo, iba a ser Lucía di Lammermoor la que lo llevara a una posición preponderante. El célebre libretista Salvatore Cammarano escribió una eficaz historia basada en La Novia de Lammermoor, de Sir Walter Scott. Esta obra contiene la escena de locura más célebre de todo el teatro lírico. La heroína, en su delirio, se cree unida al que ama, pero cae muerta después de cantar en un increíble diálogo con el fantasma de Edgardo. Se estrenó en el San Carlo de Nápoles, en 1835 y la primera Lucía fue la Persiani. Sin duda fue una de las veladas más triunfales que jamás haya conocido la ópera italiana. Fue un estreno glorioso que Gaetano no pudo saborear en toda su extensión. Tres días antes había muerto Vincenzo Bellini, a los treinta y cuatro años, en circunstancias algo extrañas. Lucía es, sin duda, su obra dramática más completa y mantiene hoy su nombre en todos los grandes teatros del mundo.

   El año de gloria de Donizetti., 1835, terminó en la angustia. Muere en Bérgamo Andrea Donizetti, su padre. Pero no puede viajar a acompañar a los suyos. Debió marchar a Venecia para el estreno de Belisario. En los años siguientes se entrega al trabajo sin la menor consideración por su propia salud. Compone incansablemente, 18 o 20 horas cada día. Se suceden los estrenos. Vuelve a Nápoles, donde Virginia esperaba un hijo. Lo golpea nuevamente el destino: muere su madre, incapaz de sobrellevar la angustia de la viudez. Antes de llegar a Nápoles se entera en Roma que Virginia había dado a luz prematuramente una niña, la que no logró sobrevivir. Encuentra en Nápoles una atmósfera de tristeza total, con su esposa enferma y con la ciudad diezmada por la peste. Los teatros de Nápoles habían cerrado sus puertas. Pero él sigue en la brecha. Compone Il Campanello di Notte y L’Assedio di Calais. Abandona nuevamente Nápoles y regresa a Venecia. Allí estrena Pia di Tolomei. Ya estamos en 1837 y Donizetti llega ya a los cuarenta años, en la gloria como compositor, pero en la soledad. 1837 será también año fatídico. En junio de ese año, su pobre esposa Virginia da a luz un niño que, como los casos precedentes, no logra sobrevivir. Al mes siguiente Virginia muere, a los 28 años de edad. Donizetti está solo, definitivamente solo. Le queda en este mundo solamente la música. Podemos leer en sus cartas: Sin padre, sin madre, sin mujer, sin hijos… ¿para quién y para qué debo trabajar? Deja de lado la idea del suicidio solamente por su fe en Dios. Obsesionado por la muerte y la esperanza de reencontrarse en otra vida con su esposa, no vivirá más que para la música. En estas condiciones terribles afronta la composición de la ópera Roberto Devereaux, para el San Carlo, con un libreto de su fiel amigo Cammarano, la que se estrena en octubre de 1837. Completaba así la famosa trilogía de las reinas célebres de la dinastía inglesa, con Anna Bolena y María Estuardo. Esta obra no necesita mayores comentarios. Su belleza está en cada nota, en cada detalle, en que utiliza magistralmente cada fórmula del melodrama italiano de la escuela romántica.

   Debían pasar tres años para que Donizetti lograra escribir una ópera en que recuperara su música el encanto, la inspiración y la alegría. La Hija del Regimiento fue considerada una obra maestra y se hizo favorita de todos los públicos, desde su estreno mismo en la ópera Cómica de París, en 1840. Baste decir que entre su estreno y el año 1908 se dieron mil funciones de la Hija del Regimiento en ese teatro.

   El mismo año del estreno de la Hija del Regimiento, nuestro compositor entrega a la posteridad su hermosa ópera La Favorita, el éxito más brillante de este compositor en la Opera de París, en que logra adaptarse con maravillosa soltura al estilo francés. Es, sin duda, una de las partituras más sinceras de este gran músico bergamasco. Pero, desgraciadamente, ya estaba alejándose poco a poco de la realidad. Su corazón estaba demasiado herido, pese a su madurez gloriosa y solitaria.

   Pese al deterioro constante de su salud mental, regresa a París después del estreno en Viena de su ópera Linda di Chamounix. Estamos en 1842 y había recibido todos los honores y títulos a que un compositor podía aspirar. Se dio valor para reemprender su vida errante, gloriosa y solitaria, y pasó por Bérgamo para ver a su viejo y querido maestro Simone Mayr. Su genio le permitió todavía escribir, con prisa febril y apasionada. Así, estrena Don Pasquale, en una de las noches más gloriosas de toda la historia de la ópera italiana. Seguía siendo un genio capaz de lograr toda el frescor, la vivacidad y la riqueza de una invención melódica inagotable.

   La inmensidad de la obra de Gaetano Donizetti, que incluye más de setenta óperas, sobrepasa en mucho cualquier capacidad de síntesis. No he pretendido resumir la obra de este genio que terminó sus días en la oscuridad de la locura, después de una jornada de más de treinta años de creatividad. Sería un intento vano y estéril. Sin embargo, creo adecuado incluir aquí lo que Adolphe Adam dedicara a Gaetano Donizetti en su libro “Ultimos recuerdos de un músico”:

En 1847, un coche cuidadosamente cerrado entraba en Bérgamo. Llevaba un hombre de aspecto sombrío y melancólico, su mirada extraviada dejaba adivinar un profundo dolor, y no permitía entrever el menor destello de inteligencia. Este cadáver animado que volvía a Bérgamo era el de ese joven que había marchado treinta y tres años antes, tan rico de porvenir y de esperanzas. Como precio de sus cantos, todos los países le habían prodigado oro y coronas. Pero el precio que había pagado era demasiado alto. Había dado su alma a cambio de la gloria y de la riqueza y su inteligencia había sucumbido en esos trabajos de cada día, de cada noche, de todos los instantes.”

  Y yo agrego: Las obras maestras de Gaetano Donizetti continuarán dando un sentido a la vida, aquella existencia que sacrificó a un arte que permanecerá eternamente vigente. Pudiera ser que la locura fue el precio que debió pagar a cambio de su genialidad. Y nosotros recibimos, en nuestro tiempo, la lozana alegría de la música de Donizetti, el genio y el enajenado de Bérgamo. No nos queda más que agradecerle que sus obras permitan que nuestras propias vidas sean más bellas y optimistas y que podamos encontrar en sus óperas un remanso de paz, de felicidad y de pura belleza.

Miguel Eduardo Planas Cifuentes