CABALLÉ, BEL CANTO EXTREMO

Charla en el Círculo Lírico de Viña del Mar
26 de marzo de 2012.
Preámbulo

   Sirvan mis primeras palabras para puntualizar que esta charla no tiene un contenido biográfico específico sobre Monserrat Caballé. No pretende, en modo alguno, describir o aproximarse a los más de cincuenta años de carrera de esta extraordinaria artista española. Ello sería tarea imposible, o bien, necesitaríamos a lo menos de cuatro o cinco sesiones de un par de horas cada una para hacer justicia a su trayectoria. Esta perspectiva es válida para cualquier intento de hacer una charla sobre figuras como Enrico Caruso, María Callas, Franco Corelli, Beniamino Gigli, Renata Tebaldi, Nicolai Ghiaurov, Plácido Domingo, Magda Olivero, Renata Scotto, Fiorenza Cosotto, Virginia Zeani y tantos otros. Varios de ellos también se mantuvieron más de cincuenta años cantando en todo el mundo y llevando la lírica a millones de personas, haciendo sus vidas más felices y plenas. En estas dos horas que tengo el privilegio de compartir con mis queridísimos amigos del Círculo Lírico de Viña del Mar, hablaremos del canto, una de las formas artísticas más excelsas del humanismo y de una de las figuras cumbre de la ópera del Siglo XX, dueña de una voz portentosa y radiante: “Caballé y el Bel Canto Extremo”.

Monserrat, los difíciles comienzos

   Durante la Guerra Civil española la casa de los Caballé, en Barcelona, fue bombardeada. Gentes sencillas, ajenas a la política, fueron víctimas inocentes de la violencia y de la ambición. Debieron refugiarse en las montañas. En la posguerra la pobreza se hizo insoportable pero Monserrat era una joven de temple de acero. Estudió en una escuela pública y logró ingresar al Conservatorio. Pese a la calidad y al timbre cristalino de su voz no le fue fácil la carrera elegida. Se costeaba sus estudios como obrera en una fábrica de pañuelos. Y allí, en el momento preciso, aparecieron en su horizonte los Bertrand. Y con ese patrocinio la joven soprano pudo seguir estudiando música, canto y piano. Recibió el mejor regalo de su vida: un viejo piano de estudio. Su benefactor, José Antonio Bertrand, le pidió en su lecho de muerte que jamás se olvidara de su amado Teatro Liceu. Y ella hizo la promesa y fue tal su adhesión a la palabra empeñada, al agradecimiento hacia ese hombre noble y generoso, que Monserrat Caballé sigue, aún después de tantos años, unida al gran teatro barcelonés. Pero nada es producto de la casualidad. No basta tener una voz clara y hermosa y hay que aprender a manejarla. Y ella lo logró estudiando tenazmente con la profesora de canto Eugenia Kenedy, una talentosa ex cantante húngara que le enseñó una técnica de canto basada en el control absoluto de la respiración. Con estas herramientas logró una habilidad asombrosa para prolongar las notas. Ya comentamos que esta técnica es uno de los pilares del llamado Bel Canto. Pronto sus esfuerzos dieron frutos: fueron sus primeros roles Fiordiligi, Susanna, Lucía di Lammermoor y la Reina de la Noche, vale decir. Mozart y Donizetti. En realidad la voz de Caballé fue siempre caudalosa, “corposa” como se dice en Italia. Y ella necesitaba dominar esa voz. Lo logró, al igual que todo lo que ha hecho en su existencia, con esa tenacidad admirable y tan poco común en muchos artistas. El artífice que hizo posible formar en definitiva su voz se llamó Napoleone Annovazzi, una especie de mago del canto que le enseñó a emitir el sonido sin esfuerzo alguno. En la emisión de Caballé no hat indicios de violencia. Quizás sea por esto que, aún cantando roles veristas, su voz nos llega como si estuviera interpretando roles clásicos o belcantistas, aún en papeles como Maddalena de Coigy, Santuzza, Manón Lescaut, Tosca o Salomé. Buscó fuera de España su destino y se avecinó en la ciudad suiza de Basilea. Logró un contrato por un año, pero el cachet era poco… tanto así que no recibió remuneración alguna durante ese periodo. Tuvo que pedirle a su madre que se reuniera con ella y la ayudara mientras conseguía algo de su precaria carrera como cantante. Monserrat trabajó entonces como camarera, en una cafetería y vendiendo helados. Y su tenacidad le permitió obtener el rol de la primera dama en La Flauta Mágica. Como ha ocurrido tantas veces, se enfermó la soprano que cantaba Mimí y Monserrat tuvo su merecida oportunidad. Obtuvo tales elogios de la crítica que la Ópera de Basilea le permitió abordar los papeles más disímiles y en varios idiomas, los que aprendió estudiando y trabajando o memorizando las partituras, por supuesto. Allí cantó Mozart, óperas francesas, obras de Wagner y Richard Strauss. Incluso óperas rusas y obras modernas. Ella lo aprendió todo bien y lo cantó todo, aún mejor. Muy pronto viajó a Alemania, a la ciudad de Bremen. Lo que nuestra heroína hizo en esta ciudad es casi increíble: la joven soprano catalana logró cantar 47 roles diversos en los siete años que estuvo allí. Es decir, una escuela irreemplazable para cualquier novel cantante. Lo único parecido que recuerdo son los años en que Plácido Domingo cantó en Israel, cuando tenía 22 o 23 años. Allí se formó como cantante de ópera haciendo seis y hasta siete funciones semanales, con un repertorio tan ecléctico como el que abordó Caballé. Se sucedieron, entonces, los contratos que ella esperaba: Francia, México e Inglaterra (Glyndebourne). Ah, y España, siempre España. Ya casada con un tenor, Bernabé Martí, lo que ocurrió en 1964, actuó por fin en su amado Teatro Liceu. Su amor al Gran Teatro barcelonés ha permanecido inalterable durante toda su vida. Al año siguiente, la historia es conocida, viajó a los EE. UU. Y nuevamente se dan las enfermedades “providenciales”. La cantante que no pudo cantar la versión de concierto de Lucrezia Borgia, Marilyn Horne, permitió que su reemplazante, una desconocida soprano catalana llamada Monserrat Caballé, asombrara a un público tan difícil como el del Carnegie Hall de Nueva York y abriera de par en par las puertas del Bel Canto extremo al mundo entero. Había nacido, finalmente, la que ha sido llamada “la maja matriarcal de nuestro tiempo”.

El Bel Canto

  Resulta extremadamente difícil definir qué es el Bel Canto. Muchos estiman que “canto bello” es una traducción sencilla que no describe cabalmente las características de un período y de esas obras que requieren, precisamente, cantantes capaces de hacer justicia a un estilo canoro que deleita nuestros oídos. El Bel Canto es una forma de emitir la voz de forma tal que se asemeje notoriamente a un instrumento musical. En fin, un canto apoyado en una técnica impecable en cuanto a la posición de la voz, en una afinación perfecta y en una modulación exenta de cualquier indicio de esfuerzo. Todo esto es bastante más que “un canto bello” y puede adjetivarse como “mágico”. El sonido que brota de la garganta del intérprete adecuado llega a ser un hilo tenue, increíblemente poderoso, que no tiembla, que vibra armoniosamente, que nos llega convertido en notas capaces de conmovernos hasta el extremo y que se graban en nuestra memoria para siempre. De allí que la historia nos muestre una galería de voces inmortales asociadas a los compositores de obras que denominamos “belcantistas”, fundamentalmente Bellini, Rossini, Donizetti y el joven Verdi. Esta charla es un homenaje a esa voz que ha hecho historia en el Siglo XX: la voz de Monserrat Caballé, la SOBERBIA CABALLÉ.

   Según eminentes musicólogos y expertos en la voz humana, el llamado Bel Canto fue construido sobre la idea de reconocer que la intensidad del tono vocal, en una sola nota, puede ser aumentada o disminuida. La variación de la intensidad fue conocida como la “messa di voce”, la media voz. El estilo belcantista depende tanto de la técnica de intensidad, como de las variaciones tonales mediante el aumento o disminución de la presión del aire sobre los labios de la glotis, y no del alargamiento de la cámara oral, el que solamente permite un volumen tonal mayor. El estilo belcantista también está basado en el principio de que la voz tiene dos “tonos”, un tono de diapasón producido cuando la laringe asume una posición alta, y el tono de flauta cuando la laringe está en posición baja. Tanto los cantantes como los compositores estaban advertidos de estas distinciones. Todo ello cambió, sin embargo, cuando un estilo más amplio de canto fue introducido por Wagner y otros compositores, como una exigencia provocada por el aumento del volumen orquestal, que planteó exigencias muy distintas en la forma de emitir la voz.

   El Bel Canto tiene diferentes géneros estilísticos. Por ejemplo, el “Canto Spianato” que utiliza una gran variedad de colores, lo que se aprecia en las arias de Alessandro Scarlatti y sus contemporáneos; también, el “Canto Fiorito”, o canto florido, utilizando el tono de una flauta en arias ágiles y el tono de diapasón en las arias dramáticas. También está el “Canto Declamato”, o declamatorio, que se puede subdividir en “Serioso”, usando el tono de diapasón, y “Buffo”, usualmente cantado en el tono de flauta. En el siglo XVIII, la Ópera Buffa incluía recitativos acompañados que eran cantados a tono lleno, y recitativos “secos”, que eran emitidos en tono ligero. Para lograr una voz capaz de hacer todos estos cambios fue necesario dominar nuevas técnicas de canto: levantar el tórax, ejercitar los músculos intercostales, hundir el estómago, elevar el paladar blando y bajar la laringe, posibilitando “abrir la garganta”, respirando entre boca y nariz. La técnica respiratoria debió perfeccionarse al extremo que los italianos establecieron un axioma: quien sabe respirar puede cantar. Mediante una adecuada contracción de los músculos abdominales superiores se obtuvo un mayor control sobre el diafragma, con lo que se logró que el aire fluyera en forma pareja y constante desde los pulmones. Todos estos aspectos constituyeron la base del canto en el Siglo XVIII y fueron adoptados por el tenor español Manuel García. Su escuela proclamó que “los pulmones servían para emitir los tonos, la glotis para darle la altura correcta al sonido (lo que llamamos afinación), la cavidad oral se utilizaba para diferenciar las vocales y el timbre de la voz, en cambio los labios y la dentadura permitían formar y emitir las consonantes”. La función del diafragma, cual es, regular la presión del aire y dominar la laringe, posibilitó un canto natural y sano. García introdujo un ejercicio llamado “vibrazione” que permitió a los cantantes atacar suavemente el sonido para después aumentar su intensidad mediante la presión de la laringe. Estos métodos para producir el tono y controlar el flujo del aire fueron utilizados por García y cantantes posteriores, y la técnica que así se originó fue llamada “coup de glotte”.

   No podemos seguir extendiéndonos en estos aspectos técnicos, necesarios para desarrollar el tema pero que se hacen tediosos. Vamos a centrarnos en la figura elegida como paradigma del estilo belcantista: Monserrat Caballé. Ella es, sin duda, una de las cantantes más importantes del Siglo XX. Y, fundamentalmente, vamos a escucharla. Todos admiramos a la Caballé, aunque esta admiración no deja de lado el hecho que su carrera tuvo altos y bajos. Ningún cantante puede hacer una carrera larga en la que pueda mantener la misma calidad vocal desde el debut hasta el retiro definitivo. Hay increíbles excepciones: baste escuchar la despedida de Renata Tebaldi en La Scala, después de treinta años de canto. Su voz mantuvo la belleza angelical de su arte canoro hasta que dijo adiós al canto en Milán, en mayo de 1974. La prodigiosa soprano María Callas, llamada “la Divina” tuvo un desarrollo temprano impresionante, y una decadencia notoria después de llegar a sus 35 años de edad. Ello le bastó, sin embargo, para ser considerada por muchos como la mayor cantante del pasado siglo. Nuestra heroína, en cambio, fue conocida a nivel mundial cuando ya tenía 30 años, esto es, en 1965. Los 16 años que siguieron la convirtieron en la reina del Bel Canto. La versatilidad de su instrumento vocal es algo absolutamente fuera de lo común. Sus triunfos cantando a Wagner, Mozart, Strauss, Verdi y Puccini dan testimonio de la altura y excelencia de su voz. Esta charla, por tanto, es un homenaje de admiración tanto a la Caballé cantante, como a Monserrat, la mujer. La escucharemos en diversas e históricas grabaciones, desde su debut en París en 1966, hasta 1981, año del que datan varias arias y escenas que examinaremos durante esta charla. Su ascendente y gloriosa carrera, en la plenitud absoluta abarca quince años, con predominio notable, precisamente, del Bel Canto. Hemos preferido dejar para una futura charla lo que vino después, ya que existe una enorme cantidad de presentaciones en vivo y de estudio muy valiosas posteriores a 1981. Esta charla que hemos llamado “Bel Canto Extremo”, incluirá su debut en Basilea y en Nueva York, partes del concierto con que debutó en París en 1966 y una selección de arias y escenas típicas del “bel canto”. Al escucharla, fácilmente comprendemos por qué llegó a ser idolatrada por millones de amantes de la ópera cantando lo más complejo y lo más bello de la música lírica, llevado al extremo por una voz irrepetible. Estamos hablando de María Stuardo, Il Pirata, Anna Bolena, Roberto Devereaux, I Capuleti e I Montecchi, Belisario, Il Trovatore, Tancredi, La Donna del Lago y Norma, por supuesto. Es la voz de la Caballé, como apoteosis y extremo de la Belleza de la Voz Humana.

Miguel Eduardo Planas Cifuentes