Un elemento teatral

“Dondequiera que haya vida habrá acción; dondequiera que haya acción habrá movimiento; dondequiera que haya movimiento habrá tempo y dondequiera que haya tempo habrá ritmo”.

(Konstantin Stanislavski)

 

   El actor se reviste de máscaras en su preparación ritual frente al espejo y, al otro lado, una aglomeración se ubica para retomar el rol del que espera algo; del espectador. El aire de la sala pareciera haberse quedado suspendido, sin voz, y desde el silencio, una composición de cuerpos estáticos y de otros ausentes es rasgada por una palabra, susurro que es motor de una gran máquina que se completará a sí misma desde sincronismos, que se construye desde el movimiento pendular: el que compensa.

   El pianista irrumpe en escena. “En la sonata en si menor de Liszt (…) tengo un pequeño truco. Subes al escenario y te sientas sin moverte y en silencio cuentas hasta 30 y luego (…) hay una especie de pánico en la audiencia (que se pregunta) ¿qué pasa? Y sólo después de ese largo silencio, ese primer sol… por supuesto, es teatral. Pero en la música el elemento sorpresa es esencial”, apunta Sviatoslav Richter.

   Al primer sol sutilmente vibrado del músico, el hombre de teatro engancha el siguiente compás cuando va rodeando las palabras de su interlocutor, en un juego rítmico ondulante, que tiene por condición el dominio del timing. Este juego, que es seguido por la mirada y todo el cuerpo, zambulle a intérprete y espectador en las aguas de la emoción que afecta al actor en su terreno inconsciente para luego conectarlo con su racionalidad y así poder representar sentimientos acusadores de una cultura: representar, no la angustia propia, sino la de cada espectador que se escucha en el eco de las antiguas máscaras que pueden brillar aun desde lejos.

Raisa Johnson