EL “TRISTÁN” DE DEBUSSY

   Cuando la ópera rondaba por las vías del verismo, el poswagnerismo y el nacionalismo romántico, el simbolismo llegó a la música con Pelléas et Mélisande, de Claude Debussy. Entre lo onírico y lo sinestésico, sus mágicos sonidos son alusiones al agua, la oscuridad y la luz, con una orquesta que parece rodear las palabras, mientras la inestabilidad y el uso de silencios imprimen el misterio propio del libreto.

   Debussy propone una alternativa distinta al proceso disolutivo de la tonalidad que supondrá la línea Wagner-Mahler-Strauss-Schoenberg. Considera que esa línea de tradición germánica representa un sistema agotado, “un bello atardecer que se tomó por una aurora”. La relación amor-odio del compositor francés hacia los conceptos operísticos de Wagner es bien conocida, pero pese a su crítica ácida sobre ellos, desde ahí parte para desarrollar lo propio, remitiéndose a la igualmente ensoñadora y trascendental Tristán e Isolda. El influjo se percibe en las largas líneas melódicas, continuidad de cadencias perdidas y cierto recurso puede evocar el leitmotiv. Aunque la orquestación es similar, el efecto es mucho menos denso y más transparente. Apenas hay fortissimos y rara vez suena toda la orquesta junta; sólo en los interludios, cuando las voces están ausentes. Su visión “francesa” resulta de una sensualidad mucho más sutil. En el segundo acto de Tristán e Isolda -en palabras del compositor, la cima de su arte- los amantes se encuentran en el clímax musical y emotivo. Cantan juntos: “¡Oh, desciende,/ noche de amor,/ dame el olvido,/ de que vivo!/¡Recíbeme/ en tu seno,/ libérame/ del mundo!”.

   Tristán defiende que la realización del amor pertenezca al mundo de la noche y de la muerte. Wagner, quien también sufrió del amor imposible, señala, inspirado en Schopenhauer, que “la paz, la calma y la felicidad interior, no se encontrarán más que allí donde no exista el dónde y el cuándo”. Pelléas espera a Mélisande en la fuente. La noche cae sobre el parque. Tras las primeras palabras vacilantes irrumpe la confesión inevitable, “te amo”, de gran fuerza expresiva, en medio de un total silencio orquestal. Mélisande ve, como si despertara de un sueño, a Golaud, quien se acerca espada en mano. Los amantes no se mueven. Esperan juntos el golpe mortal. Fuera de la obra, Debussy exige igual pauta: “conseguir una música desnuda (…) es necesario que la belleza sea sensible, que nos procure un goce inmediato”.

Raisa Johnson