Mozart, el niño que escribía óperas

Charla en el Círculo Lírico de Viña del Mar
Abril de 2010, año del Bicentenario

Introducción

Ludwig von Köchel y el Catálogo de Obras de W. A. Mozart

   Ludwig Ritter von Köchel nació en Stein, Austria, en 1800 y murió en Viena, en 1877. Abogado, botánico y mineralogista, fue tutor de los hijos del Archiduque Karl. Obtuvo reconocimiento público por su monumental obra “Cuadernos Cronológicos Temáticos” que contienen un listado en orden cronológico de las composiciones de Mozart. Su mérito es, esencialmente, haber puesto orden en el caos en que se encontraban las obras del genio de Salzburgo, y haber terminado con la confusión tanto en el orden como en las fechas exactas de esos cientos de composiciones. El catálogo fue publicado en 1862 y tuvo seis ediciones. Sin embargo, luego de sucesivas revisiones el listado definitivo y aceptado universalmente fue elaborado por Alfred Einstein quien lo completo y publicó en 1937, asignando nuevos números a ciertas obras y depurando el orden cronológico.

   Los llamados “K. V. – Köchel Verzeichnis”, o bien, los Cuadernos de Köchel, constituyen el más serio y confiable registro de las obras escritas por Wolfgang Amadeus Mozart, posiblemente el más grande de los genios musicales de todos los tiempos. Incluyen las composiciones que van desde el K. V. 1, un minueto para piano compuesto en 1762, hasta el K. V. 626, la Misa de Réquiem, obra póstuma de 1791, año en que el genio de Salzburgo murió en Viena poco antes de cumplir 36 años. Es notable el hecho que el número de obras de Mozart es bastante mayor y que la pulcra y acuciosa clasificación hecha por Köchel reunió, en muchos casos, más de una obra en un solo número de catálogo. Mozart compuso cientos de obras en un período muy breve y que acostumbraba a omitir fechas y números de orden, lo que obligó a Köchel a clasificarlas en 23 categorías, conforme con el criterio del autor del catálogo y sobre la base del desarrollo estilístico, los manuscritos originales y otras referencias extraídas de las partituras autografiadas que fueron incluidas en catálogos bastante rudimentarios elaborados por Hohann Anton André, en 1828 y por Aloys Finch en 1837.

LA INFANCIA QUE NUNCA FUE

   El día 27 de enero de 1756 es, en la historia de la música de la civilización occidental, una de esas fechas que todos los que amamos el arte y, particularmente, la ópera tenemos siempre presente. Es el día en que nació en Salzburgo, Austria, Wolfgang Amadeus Mozart, hijo del compositor y maestro de capilla del arzobispo de esa ciudad Leopold Mozart y su esposa Anna María Pertl, hija de un oficial de San Gilgen. Solamente dos de los siete hijos de este matrimonio sobrevivieron, una tragedia recurrente en aquellos años. Una hija, María Anna, conocida como Nannerl, nacida el 30 de julio de 1751, y Wolfango. El niño fue bautizado Joannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus. El nombre Theophilus es Gottlieb, en alemán y en latín, Amadeus. El propio Wolfango empezó muy pronto a firmar sus cartas tanto “W. A. Mozart” como “Wolfgang Amadé Mozart”. ¿Han pensado ustedes cuál habría sido la historia de la música sin Amadeus? El Amado de Dios sobrevivió para cambiar el curso de la música de nuestra civilización e iluminarla con una belleza capaz de deslumbrarnos. Su precocidad ha sido, es y será estudiada como uno de los misterios más profundos de la inteligencia de la raza humana.

   Leopoldo Mozart advirtió tempranamente el talento musical de sus hijos y se encargó de la educación teórica de ellos desde su más tierna edad. Y no se equivocó. Una de las más importantes y auténticas de las descripciones de la juventud que vivió el pequeño Wolfango puede apreciarse en una carta que dirigió Leopold a su hijo, en febrero de 1778: “Como infante y como niño tú eras serio y maduro. Cuando te sentabas al clavicordio o estabas inmerso en la música, nadie se atrevía siquiera a hacer un gesto, por cuanto tu expresión era tan solemne que, observando la precocidad de tu talento y tu siempre grave y pensativo semblante, muchas personas de diferentes nacionalidades pensaron que tendrías una vida muy breve.” Amigos míos, esta carta fue escrita cuando Wolfgang tenía 27 años. Esas personas, para desgracia de la historia del arte, no se equivocaron. El genio de Salzburgo no alcanzó a cumplir 36 años, como señalamos.

   Retomemos nuestro tema, el niño que escribía óperas. A la edad de cinco años Wolfgang empezó a componer minuetos y diversas otras piezas. En poco tiempo llegó a dominar tanto el clavicordio como el violín. Unos años después, sin embargo, abandonó esos dos instrumentos para dedicarse al pianoforte y se transformó en unos cuantos meses en un virtuoso absoluto. Fue inevitable que el pequeño genio intentara abordar la forma artístico-musical más compleja que se conoce, la Ópera, apenas tuvo conciencia de su jerarquía y trascendencia.

   El astuto Leopoldo se dio cuenta de inmediato del descomunal talento del pequeño Mozart. Tan excelso talento no cabía, literalmente, en el Salzburgo provincial y decidió sacar a sus dos hijos de ese medio y llevarlos a través de toda Europa, donde ambos hermanos empezaron a presentarse tanto individualmente como en conjunto. Debo indicar, en este punto, que no existió realmente una infancia en la vida de Wolfgang. Junto con emprender los viajes sucesivos que lo harían famoso, el pequeño prodigio de tan sólo seis años, inició una pesadísima y exigente vida que puso fin definitivamente a los juegos propios de un niño de esa corta edad. Empezaba a emerger el más increíble e irrepetible prodigio de la música: Wolfgang Amadeus Mozart. Estamos hablando del año de gracia de 1762, en que el mayor talento musical que haya existido fue presentado en Munich, en la Corte Imperial de Viena, en Pressburg y otras ciudades, con un éxito sin precedentes. A principios de 1763, después de un año de peregrinación, el pequeño Mozart volvió a Salzburgo convertido en una celebridad. El niño Mozart había dejado de existir, dando paso al Pequeño Mozart, el niño prodigio.

1. APOLO Y JACINTO Y BASTIÁN Y BASTIANA, SUS PRIMERAS OBRAS LÍRICAS – (1767) K. V. 38 y 50

   En el año 1767, el prodigioso niño tenía 10 años y algunos meses de edad. Como artista había sabido de triunfos, los más, y de algunos fracasos, los menos. Recordemos que la primera gira Europea duró desde junio de 1763 hasta noviembre de 1766, incluyendo las más importantes ciudades del sur de Alemania, región del Rhin, Bruselas y París. De esta época datan sus primeras composiciones, las cuatro sonatas para violín que llevan los números del catálogo de Köchel 6 al 9. Recordemos que el total de las obras de Mozart incluidas por Köchel en su famosísimo catálogo suman 626. También estuvo Wolfgang en Londres durante dieciocho meses y se hizo amigo de Juan Cristián Bach, el más joven de los hijos de Juan Sebastián Bach. En la capital inglesa Mozart escribió sus primeras sinfonías que llevan los números de Köchel 16 y 19. Tiempo después, en Holanda, los Mozart pasaron el invierno de 1765-66 para retornar a Austria vía Bruselas, París, Génova, Berna y Munich. Al año siguiente, 1767, retornaron por segunda vez a Viena. Allí compuso su primera comedia en latín para música, representada en Salzburgo el 13 de mayo de ese año, con el nombre de Apollo et Hyacinthus seu Hyacinthi Metamorphosis. Esta comedia tenía un libreto en latín y fue clasificada por Köchel con el número de K. V. 38. Absolutamente desconocida hasta hace unos años, es un ejemplo sólido e innegable del talento divino del pequeño genio. Nos hace dudar, indudablemente, de que él haya podido escribir esta comedia musicada, pero las obras subsecuentes de Amadeus nos confirman la autenticidad de sus talentos únicos e irrepetibles en la historia de la civilización occidental.

   La opereta alemana, Bastián y Bastiana (K. 50) es denominada, también, como “singspiel”. Su primera ejecución tuvo lugar a fines del verano de 1768 y lleva el número de K. V. 46 b, aunque otras versiones le asignan el número 50. Es una ópera de tono menor u opereta que consta de un solo acto y cuyo libreto pertenece a Friedrich Wilhem Weiskern. La idea, sin embargo, es de Charles Simon Favart llamada “Los amores de Bastián y Bastiana”, y también de la comedia pastoral de Jean Jacques Rousseau “Le devin du village”. Se representó por primera vez en el jardín de la casa del doctor Mesmer, en octubre de 1768. Aunque cueste creerlo, el pequeño Mozart tenía en esta fecha solamente doce años de edad. La expresión “Singspiel” quiere decir “comedia cantada” y después de su primera representación en el jardín de Mesmer transcurrieron 122 años antes de que fuera repuesta, lo que ocurrió en Londres, en 1894, y en 1916, en Nueva York, es decir, 144 años después del estreno. Mucho tiempo después, Bastián y Bastiana subieron nuevamente al escenario al inaugurarse el teatro La Fenice de Venecia. Nuevamente causó asombro, como era de esperar. No olvidemos que estamos comentando la obra de un niño que la concibió como un conjunto de arias y duetos en forma de canción. La música es bella, simple y plena de gracia. Mozart escribió la partitura para una orquesta pequeña, arcos, dos flautas, dos oboes y dos cornos). Si escuchamos atentamente el preludio de la primera ópera de Mozart quedaremos atónitos: No hay duda, afloran inequívocamente los compases iniciales de la sinfonía Heroica, de Ludwig van Beethoven. Siguiendo con las escenas fundamentales siguientes, otra sorpresa. Mozart logró captar en su primera incursión en la ópera las estructuras musicales de Gluck, considerado por muchos como el creador de la ópera. Quedó en evidencia, al escuchar lo creado por este niño austriaco, que en unos cuantos años regalaría a la humanidad tesoros musicales de valor incalculable, que se incorporarían a la memoria colectiva de una civilización ávida de belleza y de espiritualidad, tanto como de drama y sensualidad. Todo ello estaba latente en la música de ese pequeño que apenas alcanzaba los pedales de su pianoforte.

2. LA FINTA SEMPLICE (1769) K. V. 51

   “La Finta Semplice” (La inocente finjida) fue la primera ópera bufa del pequeño Wolfgang. Consta de tres actos y el libreto es de Carlo Goldoni. Tuvo su primera representación en Salzburgo, en el Palacio del Arzobispado, el 1 de mayo de 1769. El niño prodigio compuso una serie de trozos, con resultados dispares. Las arias de doña Giacinta, muy logradas y plenas de sentimiento, se parecen indudablemente a cierta música de Paisiello, autor que fue el primero en incluir partes sentimentales dentro de una ópera bufa.

   Los personajes de esta ópera están sujetos a la llamada “Comedia del Arte” y ello permitió al pequeño Mozart consolidarse en la ópera cómica, pese a su corta edad. El libreto se atribuyó en principio a Coltelini, pero había sido escrito, en realidad, por Golgoni. Mozart, con tan sólo trece años, ya supo encontrar en “La finta semplice” la inspiración que años más tarde mostrara el Mozart adulto en todas sus óperas cómicas, consideradas todas ellas como las obras cumbres de este género.

3. MITRIDATE, REY DEL PONTO (1770) K. V. 87

   En 1769, el pequeño Mozart estaba a punto de entrar a la pubertad. Tenía 13 años e iniciaba las Giras Italianas que se extendieron por más de un año. El prodigio fue conocido por los públicos de Revereto, Verona, Milán, Parma, Bologna, Florencia, Roma y Nápoles. En la ciudad de Bologna, Wolfgang pudo estudiar contrapunto durante tres meses con el célebre Padre Martini, al término de los cuales el maestro y sacerdote tuvo que reconocer que ya nada podía enseñarle.

   La vida del pequeño prodigio distaba mucho de lo que debía ser una época de juegos y de estudios humanísticos. Los viajes interminables lo llevaban de un sitio a otro, sin tener un hogar propiamente tal. Como un torbellino, los Mozart iban de ciudad en ciudad y los conciertos y los triunfos se repetían una y otra vez. Leopoldo Mozart estimó que debía exponer ante el mundo a su pequeño titán y no dudó en presentarlo casi como una rareza, capaz de las proezas inimaginables para un niño de su edad. De este tiempo es la histórica jornada de la Capilla Sixtina. Los Mozart fueron invitados durante la Semana Santa a oír el célebre Miserere de Allegri, obra que el Vaticano guardaba tan celosamente como una exclusividad que no era posible obtener una partitura de ella, bajo pena de excomunión. Pero los purpurados no contaban con la existencia de un niño dotado de la memoria musical más grande de todos los tiempos. El pequeño retornó a casa y transcribió íntegramente el Miserere, sin que faltara una sola nota. En el poco tiempo que le quedaba entre conciertos, el niño continuaba componiendo. Se entrega con pasión a completar sus Sinfonías de Italia, mostrando en ellas un sello personalísimo que hasta entonces no había aflorado en toda su magnitud. Es premiado, por cierto y las distinciones honoríficas se suceden. Recibe del Papa la Orden de la Espuela de Oro, con el título de Caballero que antes había obtenido el gran Gluck. La Academia de Bologna, después de someterlo a un examen innecesario le entrega el título de Compositore.

   El 26 de diciembre de 1770, Mozart era un adolescente de 14 años que abordaba por primera vez una ópera seria. Mitrídate, rey del Ponto constituyó un éxito notable y logró que el enardecido público milanés prorrumpiera en gritos de “Viva el maestrino, viva el maestrino…”. Hay que decir, empero, que esta ópera es tradicional, una buena obra que no incluye innovaciones, destacable por el tratamiento de la orquesta que otorga a los cantantes todas las posibilidades de lucimiento requeridas en esos años. Los Mozart viajaron entonces a Milán y allí le fue encargada la composición de esta ópera que tiene en el catálogo de Köchel el número 87. Fue estrenada en el Teatro Ducal de Milán en diciembre de 1770. Ya avezado en lo que era una orquesta para el teatro lírico, Mozart utilizó por primera vez una orquesta grande, con 14 primeros violines, 14 segundos violines y un total de 60 músicos. El triunfo del niño de Salzburgo fue inmenso, total y definitivo. Se hicieron 20 representaciones en el Ducal, todas con el mismo suceso. Meses después, estando los Mozart en Padua, le pidieron al niño escribir un nuevo oratorio, La Betulia Liberata que recibió el K. V. 118 en la nómina de obras del prodigioso Wolfgang.

4. ASCANIO EN ALBA (1771) K. V. 111

   En su segunda gira por Italia que se extendió hasta fines de 1771, Mozart había cumplido recién quince años. Aborda entonces, en Milán, la producción de una serenata dramática. Ascanio in Alba le había sido comisionada por la emperatriz María Teresa de Austria, para el matrimonio de su hijo el Archiduque Ferdinand con la Princesa María Ricciarda Beatrice de Módena. La partitura fue compuesta en solamente dos semanas y se representó en octubre de 1771, en el Teatro Ducal de Milán, con un éxito esplendoroso, eclipsando a todos los autores en boga, incluido el llamado “Sansón de la Ópera”, J. A. Hasse.

   Esta obra es conocida como una “serenata teatral” y consta de dos actos, sobre un libreto de Giuseppe Parini. Fue escrita solamente en cuatro semanas y es, en realidad, una fábula alegórica” en la que los personajes encubren seres de la vida real. Así, la Emperatriz María Teresa asume la semblanza de Venus; Ascanio y Silvia, representan a los príncipes Fernando de Austria y a María Ricciarda. La mítica ciudad de Alba es claramente reconocible como Milán. Esta forma de presentar personajes que alegóricamente son personas reconocidas y, aún, instituciones reconocidas, fue utilizada con ventajas evidentes en la madurez de Mozart, en su ópera póstuma La Flauta Mágica, obra repleta de alegorías y frases que ocultan misteriosos significados, en la que los Símbolos son protagonistas.

5. IL SOGNO DI SCIPIONE (El sueño de Escipión) K. V. 126

   En abril de 1772 Mozart tenía ya 16 años. Se produjo en Viena la instalación del arzobispo Colloredo, hasta entonces Obispo de Gurk, por quien los Mozart jamás habían sentido simpatía, siendo recíproco el sentimiento de Colloredo. El llamado tan cariñosamente “maestrino” por quienes le admiran y le aman, no puede cantar. Se le quiebra la voz y aquello es casi inconcebible: un compositor que no puede entonar su propia música. Para celebrar al sucesor del Arzobispo Schrattenbach el “maestrino” recibe el encargo de componer una ópera que dará realce a la instalación de Colloredo. Amadeus recibe un libreto de Pietro Metastasio y la primera representación se efectúa en Salzburgo.

   El texto de Metastasio estaba inspirado en una obra de Cicerón llamada Somnium Scipionis, una creación considerada menor entre las de su autor. Sin embargo Mozart hizo de ese texto simple una obra decorativa, en que la belleza de la música supera ampliamente la falta de profundidad psicológica de sus personajes. Hábilmente, Amadeus convierte el final de la obra en una invocación al arzobispo, lo que deja a todo el mundo contento y que es la moraleja de ese sueño creado por Metastasio, en que se habla profusamente de la inmortalidad del alma y del ansiado premio de la vida eterna con que serán premiados los seres bienaventurados y bondadosos. Escipión también quiere formar parte de ese grupo de bienaventurados, pero se propone salvar a Roma antes de morir. Entre la Constancia y la Fortuna, las dos diosas de su sueño, Escipión elige a Constancia, lo que provoca la furia de Fortuna y el brusco despertar del sueño de Escipión. Todo lo cual da ocasión a Mozart, todavía un niño, de componer una bella y efectiva música que invita a la bienaventuranza.

   El estreno tuvo lugar en Salzburgo, en 1772. Debían transcurrir 235 años para que en esta misma ciudad natal de Amadeus se representara la serenata dramática llamada El sueño de Escipión. Para felicidad de los que amamos la música imperecedera de Wolfgang Amadeus Mozart, Salzburgo conmemoró los 250 años del nacimiento del genio con un Festival que reunió a los más grandes artistas que se especializan en la clásica e inmortal música de este prodigioso compositor, lo que nos ha permitido contar con grabaciones audiovisuales de óperas que no se representan casi nunca, posiblemente por que las obras de madurez de Mozart son demasiado grandes para eximirlas de los carteles de los grandes teatros de ópera: Don Giovanni, Così fan tutte, El rapto del serrallo, Idomeneo, Las Bodas de Fígaro y La Flauta Mágica se escuchan tanto en Tokio, como en Milán, Nueva York, Buenos Aires, París o Santiago de Chile. Son las obras de madurez de Mozart. Nosotros hemos querido traer hasta ustedes las que compuso un niño que escribía óperas, el justicieramente llamado Genio de Salzburgo.

6. LUCIO SILLA (K. V. 135)

   La obra con que concluye esta charla es la ópera Lucio Silla, estrenada también en el año 1772. El “maestrino” está viviendo su pubertad y transformándose en el joven Mozart. Lucio Silla es la última ópera que compuso para Italia y su estreno tuvo lugar en el Teatro Ducale de Milán, un día antes que Amadeus cumpliera dieciséis años. Debemos puntualizar que no obtuvo el éxito que los Mozart esperaban, al extremo que Leopoldo Mozart llegó a escribir que esa obra había nacido “bajo una mala estrella”. Creemos que esa mala estrella fue, en realidad, el estado de ánimo del joven Mozart que luchaba en aquellos días por encontrar un trabajo estable en la capital de la Lombardía, sin conseguirlo.

   Éxito o fracaso, Lucio Silla contiene hermosas arias y dúos, destacándose las partes de Junia y Cecilio, los enamorados de esta ópera. Pero música, verdadera y bella, es lo que abunda y los críticos han dicho que es tal la creatividad melódica y armónica que ella tiene, que daría material musical suficiente para escribir varias sinfonías, pese a que el libreto estaba muy alejado de la sensibilidad de Amadeus.

   Decíamos que el niño se estaba convirtiendo en un joven, inmerso ya en la edad más difícil de su formación. Muchos estudiosos han sostenido que el verdadero problema de Mozart estaba, además de su entrada en la adolescencia, en ese personaje casi siniestro que fue el Arzobispo Colloredo. Amadeus presentía que su porvenir se hacía más y más sombrío e incierto con el advenimiento de un purpurado que hostilizaba abiertamente a los Mozart, si bien recurría a ellos para realzar los consabidos ceremoniales eclesiásticos. Era inevitable, entonces, que Lucio Silla careciese de unidad y que mostrara algunos números solamente discretos, pero que también llegaran algunas de sus arias a las alturas, a la belleza que se mantendrá perennemente. Los trozos de bravura son apasionantes y marcan, sin duda, el fin del niño prodigio y el nacimiento de un genio total y eterno. Transcurridos más de dos siglos y medio de su nacimiento, sigue y seguirá deslumbrándonos con un talento que no es de este mundo, que proviene de ignotos y misteriosos senderos que serpentean en otras dimensiones, en otras esferas terrenales y espirituales, incomprensibles para los mortales como nosotros. Lo único que podemos hacer es caer en una admiración sin límites y solazarnos con la música del niño que componía óperas, un irrepetible salzburgués llamado Amadeus, el Amado de Dios.

Miguel Eduardo Planas C.

Director del
Círculo Lírico de Viña del Mar

Bibliografía principal de esta charla:

  • Enciclopedia Británica
  • Enciclopedia Salvat
  • Mozart (Wolfgang Hildesheimer)
  • La Música (P. H. Lang)
  • Mozart (Yves y Ada Rémy)
  • La Música (Editorial Planeta)
  • La Ópera – Enciclopedia del Arte Lírico (Aguilar)
  • Wikipedia