Caruso Best Seller

PRIMERA PARTE: ERRICO, EL PEQUEÑO CANTOR NAPOLITANO

Nápoles, década del 70 del Siglo XIX

   Marcellino Caruso y Anna Baldini se conocieron muy jóvenes. Pertenecían a familias modestas, se enamoraron y en pocos meses ya se habían casado. Su proyecto de vida era formar una gran familia al estilo napolitano, con cinco, seis o más hijos. El joven esposo, mecánico de profesión y gran trabajador, tenía el ferviente deseo de prosperar y de adquirir una casa amplia y cómoda. Sin embargo, tuvieron que vivir en una casona comunitaria situada en los suburbios de Nápoles. Habitaban allí alrededor de 50 personas que disponían solamente de un baño… Anna, una joven virtuosa y profundamente católica, no se quejaba de estas precariedades. Se conformaba con un par de dormitorios, una cocina-comedor y con la proximidad de la Iglesia de San Giovanni y Paolo, a la que iba a rezar cada vez que sus quehaceres domésticos se lo permitían. Asistía sin faltar a la misa de los domingos y se deleitaba con la hermosa música que interpretaba el coro parroquial. Muy pronto tuvo la felicidad de quedar esperando su primer hijo. Pero el destino a veces es cruel. A los pocos meses de embarazo tuvo un aborto espontáneo. Y de allí en adelante todo se volvió una pesadilla. Una y otra vez se repitió la misma situación. En pocos años Anna había perdido varios niños antes de nacer, o bien, habían muerto al poco tiempo. Solamente tres llegaron a la adultez, Giovanni, Assunta y Errico.

   El 25 de febrero de 1873, nació en la gran casona comunitaria de la vía San Giovannello y Ottocalli 7, el tercer hijo de Marcellino y Anna. Cuando la comadrona golpeó las nalguitas del recién nacido, el robusto varoncito lloró con tanta fuerza que su llanto se escuchó en todo el barrio. Había llegado al mundo Errico y su madre intuyó de inmediato que ese pequeño napolitano de pulmones prodigiosos iba a ser alguien importante. Dios me permitirá conservarlo, se dijo, allegándolo a su pecho.

   El pequeño Errico era inteligente, inquieto y observador. Profesaba a su madre un cariño que más parecía adoración. Iba con ella a la iglesia vecina y cantaba junto con los coristas. Su voz resonaba en el templo, causando la admiración de todos. Anna, extasiada, alentaba al pequeño y le repetía una y otra vez que para ser un gran cantante tenía que estudiar, saber leer y escribir, ser un joven culto. Ah, sin olvidar jamás lo más importante: aprender música, teoría, solfeo… y, tal vez, otros idiomas. El pequeño Errico escuchaba embelesado a su madre y sus grandes ojos oscuros brillaban de emoción y, especialmente, de ilusiones. Junto a ella se sentía capaz de todo.

   En pocos años, Errico tuvo la edad suficiente para ser admitido en el coro. Tenía una increíble voz de niño-contralto y su memoria musical era sencillamente notable. Anna lo alentaba constantemente. Serás un gran cantante y tu fama se extenderá por todo el mundo, con la gracia de Dios – le decía cada noche al hacerlo dormir. Y el pequeño napolitano soñaba que su voz llegaba a ser conocida hasta en lugares tan remotos que ni siquiera podía imaginar. El canto era su propio e íntimo mundo futuro y estaba seguro de que Dios lo había puesto en esta tierra para cantar y ayudar a su familia.

   Marcellino Caruso, en cambio, tenía otros planes para su tercer hijo. Insatisfecho con lo que producía su taller y con un molino y panadería en proyecto, colocó a Errico como aprendiz de mecánico. Giovanni y Assunta seguían sus estudios, pero el hijo menor debía ayudar a su padre. Tenía solo once años cuando empezó a trabajar con el ingeniero Palmieri, demostrando de inmediato su habilidad para reparar cualquier máquina que le pusieran por delante. La madre aceptó esta situación pero logró que Errico siguiera estudiando y completara, al menos, su educación básica, ayudado por un sacerdote. Tuvo que regañar por primera vez a su hijo cuando le encontró un dibujo en que el religioso parecía un flaco papagayo. En verdad era una caricatura notable. Quedó en evidencia que, además de voz y musicalidad, el pequeño Errico poseía una facilidad fuera de lo común para dibujar. Anna logró que el pequeño napolitano estudiara dibujo técnico y diseño de fuentes, con sorprendentes resultados. Pero su verdadera pasión era el canto. Sabía de memoria innumerables canciones napolitanas que cantaba a plena voz, con una pasión y una entrega que hacía llorar de emoción a todo los que lo escuchaban. El niño era incansable y no faltaba jamás al coro. En sus ratos libres cantaba en las calles de Nápoles, en los restaurantes, en las tabernas, en el mercado. Invariablemente su gorra se llenaba de monedas. Errico las llevaba a su madre, día tras día. – Mi voz le gusta a todos, madre mía – le decía acariciando sus manos. La voz que Dios me ha dado se convertirá en oro y todo lo que yo gane cantando será para ti. Anna lo estrechaba contra su pecho mojando el negro cabello de Errico con sus lágrimas. Jamás habría podido imaginar que su Errico sería conocido en todo el mundo como “el tenor de la voz de oro” y pasaría a la hisstoria como el más grande de los cantantes.

   Una y otra vez, Anna quedaba embarazada y perdía sus hijos. No ha sido posible determinar cuántos embarazos tuvo en su corta vida. Errico tenía catorce años cuando empezó a tener problemas en sus presentaciones callejeras. Trataba de cantar pero la voz no le respondía. Es lo que le ocurre a los niños varones en la pubertad – le dijo Anna – ya pasará y cantarás mejor que nunca. Ella tenía razón: un día cualquiera Errico sintió que su garganta se abría y que su voz fluía sin esfuerzo alguno. Se había convertido en tenor. Pero no en “cualquier tenor”. Su voz era demasiado densa y oscura. A los quince años de edad fue designado solista del coro parroquial. Corrió a dar la noticia a su adorada madre y la encontró en cama, muy pálida y sin fuerzas. Los abortos espontáneos habían terminado por agotar su organismo. Parecía una anciana pese a que aún no cumplía cuarenta años. Como acostumbraba, Errico le preguntó qué canción deseaba que le cantara. Junto al lecho, el pequeño napolitano entonó para su madre su canción predilecta: Mamma mia, che vo’ sapé… (Nutile).

   Como ocurría siempre, Anna lloró de felicidad al escuchar la maravillosa voz de su Errico. Y esa tarde el joven tenor hizo a su madre un juramento que cambió para siempre su destino: Te juro, mamma, que llegaré a ser el mejor tenor del mundo, y te compraré una hermosa casa y los más bellos vestidos. Cuando tu hijo cante en el San Carlo, tú asistirás vestida de terciopelo y encaje, y me escucharás desde el mejor palco del teatro – le dijo, con los ojos brillando de emoción mientras acariciaba sus mejillas.

   El siguiente domingo Errico cantó por primera vez como tenor solista en la iglesia de San Severino. Pero Anna no pudo asistir al magno acontecimiento. Errico corrió al término de la misa hasta su casa e irrumpió en el cuarto de su Mamma. Recibió el peor golpe que el destino puede dar a un niño: Anna se había ido de este mundo. Errico tenía solamente quince años y una misión sagrada en su vida: cumplir con su juramento y convertirse en el más grande cantante de la tierra. Esa bella canción napolitana que su madre adoraba había sido la despedida. Y eso el joven Errico no lo olvidaría jamás. Las canciones predilectas de su mamma fueron cantadas en todos sus conciertos y se popularizaron en los cinco continentes.

SEGUNDA PARTE: ENRICO CARUSO, EL TENOR

   Errico tenía 16 años cuando fue escuchado por un funcionario del Teatro San Carlo, junto a una piscina. Ese joven tenor, o barítono, no lo tenía suficientemente claro, cantaba una tras otra las más bellas canciones napolitanas. No cabía duda alguna: había que ayudarlo a dominar su tremenda y bellísima voz y el más indicado para convertirlo en un cantante de verdad era, sin duda, el Maestro GuglielmoVergine, que había tenido como alumnos a varias figuras del Teatro San Carlo. En su primera audición Errico cantó varias canciones napolitanas y Vergine supo de inmediato que esa voz insegura en algunas notas agudas, pero con un enorme centro baritonal, fraseo natural y afinación perfecta, podría cultivarse hasta llegar a niveles de excelencia. Y así ocurrió aunque con varias dificultades, especialmente por el desconocimiento de aspectos musicales fundamentales. Errico cantaba, como se dice en jerga de cantantes, “como lo parió su madre”. Sin embargo, era evidente que el joven compensaba su falta de lectura musical con una memoria infalible, y la carencia de técnica con un fiato excepcional.

   Dos años después Errico estaba cantando las más difíciles arias para tenor y progresaba día a día. El viejo maestro Vergine le propuso que cambiara su nombre napolitano por el de Enrico y, sin más, el promisorio y joven tenor pasó a ser Enrico Caruso. Su voz era lírica si cantaba, por ejemplo, a Donizetti, a Rossini o a Bellini. Pero adquiría tonos heroicos si cantaba a Puccini, a Verdi o a Meyerbeer. Era tal el entusiasmo que suscitó en sus presentaciones en un resort italiano que Enrico pudo, por fin, comprarse su primer par de zapatos con los honorarios ganados. Su primer pensamiento, al pisar por primera vez las calles de Nápoles con sus flamantes zapatos nuevos, fue para su idolatrada Mamma Anna. “Madre mía: te juré que iba a ser el mejor tenor y que mi voz se convertiría en oro. Estos zapatos te los debo a ti…”

   El 15 de marzo de 1895, a la edad de 22 años, el nuevo tenor napolitano hizo su debut en la ópera en el Teatro Nuovo de Nápoles, en la ópera “L’amico Francesco”, del novel compositor ahora desconocido, Doménico Morelli. Este fue el comienzo de una carrera siempre ascendente que lo llevó a la gloria. Su debut también significó su encuentro con el famoso maestro de canto y director de orquesta Vincenzo Lombardi. Sobre la calidad de este profesor no cabía duda alguna. Entre sus alumnos se contaban, nada menos, que los famosísimos divos napolitanos Antonio Scotti, Pasquale Amato y el tenor Fernando de Lucía. Pero la vida de Enrico seguía siendo difícil. Aún no conseguía adquirir un nuevo traje. Cuando el único que tenía iba a la lavandería, tenía que echar mano a cualquier prenda, a la espera de la que estaba en el lavado. Tan precaria era su situación que no le fue posible pagar una claque que lo apoyara, como era la costumbre, y fue abucheado. Herido en lo más profundo Enrico juró no volver a cantar en su amada ciudad natal.. Y cuando Caruso juraba… Caruso se prometió a sí mismo que volvería a Nápoles solamente para comer buena pasta.

   La historia demostró que Enrico era un hombre que honraba sus juramentos. Sabemos que regresaría a Nápoles solamente para morir allí en 1921, es decir, veinticinco años más tarde. Pero su extraordinaria carrera lírica recién se iniciaba. En su mente solamente existía una meta: el máximo teatro de ópera de aquella época, la Scala de Milán. No era fácil llegar a ese mítico escenario, por supuesto. Luchando aún con sus dificultades para los sobreagudos, el sabio maestro Lombardi lo condujo por el camino adecuado, cual era afrontar el repertorio lírico-ligero que le permitiría consolidar su registro medio y abordar sin miedo los hasta entonces terroríficos sí y do naturales, y el re sostenido. La verdad es que los cantaba pero de falsete. Tenía un increíblemente hermoso falsete, pero estaba conciente de que las notas culminantes debían cantarse a plena voz. Los mayores problemas de Enrico se daban en las arias que todos querían escuchar en un teatro de ópera: las de Fausto, Boheme, Ugonotes, Sonnámbula, I Puritani, La Favorita… Al fin y al cabo, los tenores eran y son las figuras centrales de casi todo el repertorio lírico y el público pagaba para escuchar la proeza que era alcanzar a plena voz las notas culminantes de las más bellas arias jamás escritas. Y, también, pagaba para abuchear las notas fallidas.

   En el mismo año de su debut, 1895, el nuevo tenor cantó en Nàpoles, Caserta y El Cairo. Se sucedieron los buenos aplausos obtenidos en Fausto, Cavallería Rusticana, Rigoletto, Traviata, Lucía, Gioconda, Manón Lescaut e I Capuleti e I Montecchi. Impresionante agenda para un primer año tenoril. Estas funciones incluyeron roles de inmensa dificultad: Rigoletto, Lucía y La Gioconda. El maestro Lombardi tenía razón: le había enseñado a cantar a “mezza voce” y a reservar la voz plena para el clímax de las arias. Y, finalmente, los agudos se convirtieron en un alivio y no en una pesadilla. Las ovaciones que recibía lo confirmaban. Había nacido “El Gran Caruso”. Sin embargo, los honorarios que le pagaban eran casi simbólicos. Decidió esperar, seguro de que todo cambiaría en corto tiempo. Y no se equivocó.

   En los años finales del siglo, el joven tenor Caruso agregó numerosos nuevos roles a su repertorio y cada función terminaba en ovaciones estruendosas tanto como silbidos de aquellos que no aceptaban su voz demasiado baritonal. En 1897, en Nápoles, nuestro héroe cantó su primer estreno mundial, la ópera “Celeste”, de Marengo, ahora totalmente desaparecida. Sus mayores triunfos los obtuvo con Carmen, Boheme (Puccini) y La Navarraise (Massenet). El estreno mundial de La Arlesiana, de Francesco Ciléa, en el T. Lírico de Milán, llevó los nombres del autor y del primer intérprete del hermoso rol de Federico a la consolidación absoluta de ambos. Finalmente, Enrico Caruso ocupaba las portadas y páginas centrales de los periódicos en las grandes capitales musicales. En el último día de su año triunfal, aquel inolvidable 1897, ya siendo llamado por muchos “el tenor de la Voz de Oro”, Caruso afrontó el rol que lo llevaría al pináculo de la gloria algunos años más tarde. En el mismo Teatro Lírico de Milán la enorme voz de Enrico Caruso estremeció tanto el escenario como los corazones de quienes tuvieron el privilegio de escuchar el arioso “Vesti la giubba” de I Pagliacci, del joven compositor verista Ruggiero Leoncavallo. Pocos años más tarde, el disco de 78 rpm que grabara el insigne tenor quedaría incorporado a la historia de la música como la primera grabación de la que se vendieron más de un millón de discos. Quedaron, también, históricas grabaciones en películas mudas, que nos permiten formarnos una idea de cuánto han cambiado las representaciones escénicas en estos últimos cien años. 

   Los éxitos sostenidos de Enrico, especialmente el estreno mundial de Fedora, de Humberto Giordano, pusieron a Caruso en la mira del hasta entonces inalcanzable Teatro Alla Scala di Milano. Fedora fue dirigida por el propio Giordano y en cada una de las numerosas funciones que se dieron en el T. Lírico de Milán el aria de Loris Ipanoff “Amor ti vieta” tuvo que ser bisada y hasta trisada por Caruso. La grabación de esta corta y hermosísima aria es elocuente: Caruso tenía la voz justa y perfecta para el verismo. No solamente era un tenor lírico de voz grande. Era ya un auténtico Tenore Spinto que anticipaba lo que se llamaría con propiedad “el Tenor Assoluto” después de los treinta años de edad.

   En 1899 Caruso cantó en Buenos Aires, causando una verdadera conmoción en el exigente público bonaerense, Iris (Mascagni) y La Reina de Saba (Goldmark). Además, participó en el estreno mundial de una ópera argentina, “Yupanki” (Berutti). En la maravillosa aria central de La Reina de Saba, “Magiche Tone”, Caruso mostró su incomparable “mezza voce”, para muchos única e irrepetible y concluyó con dos increíbles sobreagudos en falsete. Ha quedado como testimonio, afortunadamente, su grabación Victrola, hecha en 1909, otro documento histórico.

   A su regreso de Argentina se produjo el momento soñado por Caruso: cantar en la catedral de la ópera, la Scala. Su debut en el monumental teatro lírico tuvo lugar el 26 de diciembre de 1900 en uno de sus roles predilectos, La Boheme de Giácomo Puccini. Se dio una trilogía antológica: La Scala de Milán, principal teatro de ópera del planeta en esos años; la dirección de Arturo Toscanini, considerado por muchos como el más grande de los directores de orquesta, y Caruso, el Rey de los Tenores. Un triunfo definitivo. Quedó su grabación de Che gelida manina, efectuada en 1906 y ahora remasterizada, con acompañamiento de la Orquesta de la Radio de Viena (1999). Este éxito total del Gran Caruso fue confirmado en los meses siguientes en Monte Carlo, Varsovia, Buenos Aires, San Petersburgo y Moscú. Era incansable y las funciones se sucedían en medio de ovaciones pocas veces escuchadas. Comenzaba a nacer “la leyenda del tenor de la voz de oro”.

TERCERA PARTE: CARUSO EL SÚPER VENTAS UNIVERSAL

   Sería tarea imposible incluir en esta charla la extraordinaria carrera de nuestro tenor, un verdadero “animal de escena”, un trabajador incansable que llevó a los escenarios líricos 60 roles diferentes entre los años 1895 y 1920. El 24 de diciembre de ese año hizo en el Metropolitan su última función, en La Judía de Haleby. Inteligente, fraternal amigo, lleno de talento, un visionario… Europa fue dejada atrás y el pobre cantante de las calles napolitanas que llegó a ser el Rey de Nueva York, la ciudad más cosmopolita de la tierra, se convirtió en el símbolo del Inmigrante de Éxito. Anna Baldini había tenido razón: la voz de su amado Errico lo conduciría hasta la fama y lo incorporaría a la Galería de los Inmortales.

   A partir de su debut en el Metropolitan Ópera House, Caruso adivinó que la tecnología le permitiría alcanzar la inmortalidad. Cada vez, mientras era ovacionado hasta el cansancio, pensaba: Hoy canté bien, realmente bien. La voz me funcionó tal como yo quería y mi personaje convenció a todos. Muchos aplausos, muchas flores, muchas críticas favorables. Pero todo esto se lo lleva el viento. Si yo hubiera podido dejar al mundo un testimonio del primer Mauricio, de esa irrepetible función de Adriana Lecouvreur, con el Michonet de Giuseppe De Lucca, con la Adriana de la Pandolfini… Pero eso ya pasó y en pocos años más nadie se acordará de mi primer Mauricio… Recordaba sus primeras grabaciones, pero dudaba de su calidad. La verdad es que sonaban horriblemente mal, si bien su voz se sentía bastante nítida. Pero esa era la única manera de llegar a las futuras generaciones. Esos precarios y ruidosos discos le permitirían ser conocido hasta en el más remoto país y, lo que era más importante, se sabría de la existencia del “Rey de los Tenores”muchos años después de su paso por esta tierra. Paradojalmente, el inmenso éxito de nuestro héroe en Adriana Lecouvreur no fue llevado al disco por el sello Víctor, lo que se considera una verdadera tragedia, ahora que vemos las cosas desde otra perspectiva. Y la voz del napolitano seguía creciendo, se hacía más oscura y le permitía cantarlo todo, desde Elisir d’Amor hasta el más pesado de los roles de tenor. Adquirió un registro que se da una o dos veces en un siglo: el de “Tenor Absoluto”.

   Y si dio un encuentro histórico en el disco con el barítono Tita Ruffo, posiblemente el más grande cantante de esa cuerda que haya existido. Es absolutamente irrefutable que las voces de Caruso y de Ruffo eran fenomenales y la grabación del dúo de Yago y Otello “Si pel ciel” así lo demuestra. Ruffo, que se mostró en principio renuente a ser llevado al disco, impresionado por el éxito sin parangón de cada una de sus grabaciones aceptó, para suerte nuestra, grabar este impresionante dúo. Ustedes podrán apreciar que se trata de una verdadera competencia, un derroche no solamente de voces extraordinariamente grandes sino que una confirmación del genio de Verdi, de la excelsa interpretación de estos dos colosos y de lo que el disco significó para inmortalizar momentos memorables. Recordemos, además, que estas grabaciones son todas acústicas y que los micrófonos no existían, tomándose el sonido con un cuerno metálico con limitaciones tan evidentes que, ahora, nos parecen casi inimaginables. En este sentido, las voces de Caruso y de Ruffo pareciera que superaron “la barrera del sonido”. Pese a la gravísima situación creada por la Primera Guerra Mundial, los discos fueron prácticamente arrebatados por el público y las inmortales voces de Caruso y Ruffo resonaron en todo el orbe. 

   Enrico se entregó en cuerpo y alma a la tarea de inmortalizar su voz. Y cómo lo consiguió: se cree que grabó más de 400 discos. Muchos de ellos, sin embargo, fueron vetados por el propio Caruso. Él era “El Gran Caruso” y exigía, ni más ni menos, que la perfección. Han llegado hasta nuestra época 267 grabaciones para la RCA Víctor Company (ex Victrola) y alrededor de 20 más para otros sellos, siendo las más difundidas aquellas editadas por la Gramophone y Typewriter Co. Existen también algunas en cilindros pero de bajísima calidad acústica. El avance de la tecnología en la segunda mitad del Siglo XX ha permitido, además, un verdadero milagro: remasterizaciones y regrabaciones logradas en 1999 y 2000 con orquestas sinfónicas, lográndose una aproximación importante a lo que debe haber sido en la realidad la voz inconfundible del Gran Caruso, armonizando con una gran orquesta y corrigiendo la altura de los sonidos. Cabe precisar que hasta 1925 los instrumentos de la orquesta eran afinados por el La natural emitido por el oboe, con una altura de sonido equivalente a 414 ciclos por segundo. A partir de ese año y con el advenimiento de las grabaciones eléctricas y las diversas mejoras técnicas que trajo consigo, la altura del La natural pasó a ser de 443 cps (Hertz), aproximadamente. Este cambio, dicho en pocas palabras, significó que los instrumentos y, por extensión, las voces líricas empezaron a cantar casi un medio tono más alto. Es muy importante destacar que, por ejemplo, la nota do que se cantaba en la época de Enrico Caruso equivalía al actual Si natural.

   Como han podido apreciar, en esta charla se han privilegiado las versiones logradas con la orquesta de la Radio de Viena, dirigida por Gottfried Rabi. Posiblemente esto no agrade a los puristas extremos, muchos de los cuales parecieran adorar las grabaciones acústicas y el ruido áspero de las agujas de acero. Otros, entre los que me incluyo, agradeceremos que se haga justicia a las partituras concebidas por el compositor y que podamos escuchar la voz del Rey de los Tenores con una mayor parte de sus armónicos naturales apoyados por un gran sonido orquestal. Por supuesto que las grabaciones originales tienen un encanto particular e irresistible para los que amamos las voces y las interpretaciones definitivas.

   Pero él jamás olvidaba que era italiano, un napolitano que había nacido al arte canoro en las calles de su ciudad, en la que fueron compuestas las más bellas canciones de que se tenga memoria, la verdadera música del pueblo napolitano. En estas canciones podía entregar lo mejor de sí y llegar al alma de millones de seres humanos, de cualquier condición social y cultural. Su repertorio alcanzó a 520 canciones que interpretó en italiano, napolitano, francés, español e inglés. En cuanto a óperas cantó 60 roles diferentes, entre los años 1895 (L’Amico Francesco (Morelli) y su despedida de la escena lírica en La Judía (Haleby) que cantó el 24 de diciembre de 1920 en el MET de Nueva York. En el más importante teatro lírico de América debutó como el Duque de Mantua, en 1903, provocando el delirio del conocedor pueblo neoyorquino. Se da aquí otro récord sin precedentes: cantó en el MET en 18 temporadas consecutivas, inaugurándolas todas excepto la de 1906.

   Y aquí empezó la insuperada relación de un intérprete con el disco de que se tenga memoria: el Gran Caruso y la Víctor Talking-Machine Company. Anteriormente había grabado en Milán alrededor de 20 discos, pero el resultado fue demasiado pobre. Aún así todas estas grabaciones se convirtieron en súper ventas pese a que fueron hechas en 1902 y 1903 en forma rudimentaria y con acompañamiento de piano. Pero lo que lo lanzó a la fama, verdaderamente, fue su contrato con la Víctor firmado en febrero de 1904. Entre 1904 y 1920 llegaron al público esos 267 discos que fueron literalmente arrebatados de los anaqueles, donde quiera que se pusieran a la venta. ¡Y cómo cantaba las canciones! Caruso recibió, entre muchos otros honores, el de que un emergente y bravo compositor llamado Ruggiero Leoncavallo escribiera para él una de las canciones más difundidas y que tienen el mayor número de versiones: La Mattinata. La versión de Caruso también se tradujo en ventas millonarias.

   Pero lo más notable lo constituyó el hecho que las históricas “victrolas” fueran compradas por cientos de miles las familias para poder escuchar a Caruso. Y así el otrora cantante callejero napolitano se convirtió en el más grande vendedor de todos los tiempos. Teniendo en cuenta la cantidad de habitantes que tenía Nueva York, por ejemplo, a principios del siglo pasado, unos tres millones, las copias que se vendieron del aria de Pagliacci en relación con el número de gramófonos existentes en el mundo en esos años, conforman el suceso de ventas más grande de la historia. A ello hay que agregar que estamos hablando de discos de pizarra, bastante frágiles, que tenían un valor de tres a cuatro dólares. Considerando el poder adquisitivo, por ejemplo, de un trabajador medio norteamericano, que alcanzaba a unos cuarenta dólares (en el año 1914, aprox.), cada disco era realmente carísimo. Los primeros traían no más de 4 minutos y medio de música. Caruso fue un visionario que anticipó la era del sonido e impulsó a otros cantantes a seguirlo. Es inevitable hacer en este punto una comparación con Luciano Pavarotti, el más connotado “best seller” del Siglo XX, del que se han vendido más de 70 millones de discos. Pero estamos hablando de épocas diametralmente distintas y de medios electrónicos imposibles de comparar. El aria llamada “del primer millón de discos”, que escuchamos antes con sonido original, suena increíblemente diferente después de ser remasterizada y de agregarse la orquesta (CD “Caruso 2000”). Ha transcurrido más de un siglo y la voz de Caruso sigue vendiendo cientos de miles de copias en todo el mundo, ahora con sonido digital.

   No en vano Puccini había pensado en Caruso para que cantara la primera Tosca. Es aceptado universalmente que el rol de Cavaradossi requiere una voz lírica potente, con cuerpo, eficaz en la mezza voce pero con el necesario “squillo” en las escenas que la acción teatral es apoyada con un orquesta en forte. Caruso fue desestimado por su falta de experiencia. El nuevo rol era muy demandante, en especial, en la escena de tortura del segundo acto y en la maravillosa aria verista del tercero en que Puccini lleva el verismo a su máxima expresión. Si hay una voz justa y perfecta para el verismo es la de Caruso. Creo que si hubiera vivido unos cuantos años más hoy habríamos incluido con absoluta certeza una versión de Enrico Caruso del Nessun Dorma. Turandot fue estrenado en 1925, cuatro años después de su muerte.

   Entre sus ganancias por funciones de ópera, conciertos y venta de grabaciones el Rey de los Tenores ganó tanto dinero que es imposible calcularlo. Estamos hablando de muchos millones de dólares y de la Filantropía que Caruso tuvo como uno de su más grandes valores morales. Tampoco ha sido posible establecer cuántos millones de dólares destinó a los gremios de los teatros, a los niños desvalidos, a la policía, a las viudas y huérfanos de la guerra, a los cantantes retirados y diversas instituciones de beneficencia. Nuestra admiración por el Gran Caruso va más allá de admirar a un gran tenor de ópera. En lo más profundo de nuestro corazón admiramos la calidad humana de ese emigrante italiano que se convirtió no solamente en el más famoso cantante de la historia, sino que en el símbolo de un triunfador que jamás olvidó su origen, su pobre hogar del suburbio napolitano. Tenemos una prueba irrefutable de la fraternidad que Caruso prodigaba en el Teatro. En una función de Boheme su compañero de escena, que personificaba a Colline, el bajo español De Segurola,se quedó sin voz en el último acto. Sin titubear, Caruso cantó el aria Vecchia zimarra desde un costado del escenario. El público no se dio cuenta de esta hazaña, pero el Gran Caruso quiso dejar una grabación de esta aria, una rareza que podemos hoy escuchar y que es una verdadera hazaña: un tenor cantando un aria para bajo.

   Si visitamos Nueva York y su Estatua de la Libertad, nos encontraremos con el retrato de Enrico Caruso en el lugar más importante del Museo del Inmigrante, situado en la base de la estatua. Además de haber sido “El Rey de los Tenores” Caruso fue el más notable de los inmigrantes que llegaron a Nueva York a principios del Siglo XX. Un hombre que respetó su palabra y sus juramentos más sagrados. El más exitoso vendedor del planeta también fue el más solidario y generoso de los hombres. Noventa años después de su muerte en Nápoles sigue siendo el mejor, sigue siendo Enrico Caruso, el Best Seller de todos los tiempos. 

   La voz de Enrico Caruso se extinguió en Nápoles el 2 de agosto de 1921. Hoy existen más de 100 millones de discos suyos en todo el mundo. Sigue siendo el más grande vendedor de la historia y el verdadero y eterno embajador del pueblo italiano. ¿No tienes todavía un cd del Gran Caruso? Si amas la ópera atesora las grabaciones del tenor de la Voz de Oro. Llevarás felicidad a tu hogar, sentirás que eres una mejor persona y que la música puede salvar al género humano de su auto destrucción física y moral.

Miguel Eduardo Planas Cifuentes
Viña del Mar, 24 de octubre de 2011.